El dolor fantasma

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Un relato para los amantes gatunos.

Es curioso. Hoy puedo ya abrir las ventanas en casa, y sin embargo tengo menos luz. No deja de tener su ironía que sea curioso, porque también tengo menos curiosidad en casa. Falta una pequeña bola de pelo curiosa, que me obligaba a cerrar ventanas, temeroso yo de que pudiera ocurrir lo que al final ocurrió.

Llevo algunos días reflexionando sobre la necesidad de plasmar en un papel lo que llevo meses, años, vidas enteras masticando en el cerebro hasta que me duele el estómago. Ese conjunto de ideas contradictorias, cambiantes, informes, que configuran lo que soy en base a lo que he sido. He cambiado, mucho, y no siempre a mejor, y lo que me ha traído hasta aquí es inmutable, salvo que alguien me regale un DeLorean y un condensador de flujo. Qué cosas hice bien, qué cosas hice mal, dónde dije Diego cuando debí decir digo. Supongo que ahora me falta una excusa de esas que fabricas para dejarlo todo para después, porque ahora mismo estoy solo en casa, y hacía mucho tiempo que no lo estaba. Supongo que la tristeza ha sido siempre el catalizador principal de mis escritos. Y eso es algo sobre lo que, en algún momento, debería reflexionar también.

“No tiene sentido llorar a un gato, pero tiene todo el sentido llorar a un amigo. Seguramente no lo comprende quien no ha tenido gato, o quien no ha tenido amigos. A mi ahora me faltan ambas cosas…”
Los que me conocen saben que soy un poco robot. Mucho por encima del cuello, poco dentro del pecho, más racional que instintivo, más máquina que animal. Yo era de los que hacían chistes sobre esas viejecitas que hablan a sus animales como si entendieran su idioma, como si un pastor alemán hablase castellano, o inglés o ruso, en lugar de alemán, o perruno, o nada. Era, y soy, de los que no considera a los animales por encima de los hombres, ni siquiera a su lado. Como carne, visto cuero, y uso medicamentos probados en animales, sin que me produzca ni la más mínima sensación de culpa. Y sin embargo, hoy tengo dolor fantasma. Como esos amputados a los que les hace cosquillas la mano que no tienen, hoy me siento aquí, y me duele el gato que ya no tengo. No tiene ningún sentido, pero es que ese es el secreto: no tiene por qué tenerlo. Los sentimientos no los tienen, son por definición irracionales. Si la razón es lo que nos separa de las bestias, los sentimientos es lo que nos separa de las computadoras. Lloras, y no sabes por qué. No tiene ningún sentido llorar porque has perdido la Champions, y ahí tienes, hombres maduros, millonarios, famosos, tirados en el suelo desconsolados como si el equipo contrario les hubiera matado al padre al marcar un penalti en el 92. Y lloras, porque un pequeño incordio negro que te llenaba de pelos la cama, de agujeros el pantalón y se cagaba en el sofá, ya no va a hacerlo nunca más. No tiene sentido llorar a un gato, pero tiene todo el sentido llorar a un amigo. Seguramente no lo comprende quien no ha tenido gato, o quien no ha tenido amigos. A mi ahora me faltan ambas cosas, pero hasta ayer tuve, y porque tuve, ahora puedo decir que comprendo.

Creo que no me entiendo. Quizás nadie me entienda. No les culpo, porque soy objetivamente extraño. Supongo que todos tenemos esa sensación, en algún momento, aunque sea de forma subjetiva. Pero creo que, subjetividad al margen, sí que soy raro. Nadie me ha confundido jamás con alguien normal, muchos me miran como si fuera extraterrestre por hacer lo que hago, decir lo que digo, pensar lo que pienso. No me comporto de forma normal, no siento de forma normal, no llego a conclusiones de forma normal. Y quizás por eso mi gato me quería, porque él era demasiado simple para perderse en complicaciones, demasiado sincero para que su cariño no fuera honesto. Sabía que daba y recibía, pero no daba para recibir. A diferencia de nosotros, los humanos, no creía en un sistema moral, en una complicada suerte de ética divina que determina los pecados y las virtudes y en la que uno es bueno por las razones equivocadas. Él no se echaba a dormir sobre mí para que yo le diera caricias, o jamón. No me daba consuelo cuando estaba triste porque pensase que así le debería una, o que se la debería algún dios que le compensase con puntos en el cielo. Quería, porque no tenía ninguna razón para no hacerlo. Era feliz, porque tiene más sentido que no serlo. Nosotros necesitamos estar en paz para poder dormir, él solo necesitaba dormir para estar en paz.

Cuando cayó, corrí escaleras abajo. Estaba allí, acurrucado, sangrando por la nariz. Maulló al verme. Me llamaba. Me miró al llegar, y me gusta pensar que le reconfortó el verme. Juraría por cualquier cosa que, encogido, me sonrió con la mirada. Le cogí, y me lloraba. Pensé, por un momento, que se iba a salvar. Pensé en todas esas historias de las siete vidas del gato, y que la fortuna me iba a sonreír, por una vez. Allí estaba, llevándolo en brazos. Se quejaba cuando lo puse boca arriba, en el instinto de cogerlo como a un bebé. Lo puse boca abajo, y me sangraba en las manos. Pero maullaba. Llamaba. Le dolía. Y pensé, “se va a salvar, le duele, pero se va a salvar”. Tenía algunas marcas en la cara, rasponazos, y recuerdo que pensé “el pobre, va a quedar feo. Pero se va a salvar”. Cuando me moví para llevarlo al coche, le dolió, e intentó saltar de mis brazos. Y pensé “se va a salvar. Puede mover las patas, no tiene la columna rota, se va a salvar”. Pero no, no era la Fortuna la que me sonreía. Era el Sarcasmo, cabrón, como siempre.

“…él era demasiado simple para perderse en complicaciones, demasiado sincero para que su cariño no fuera honesto. Sabía que daba y recibía, pero no daba para recibir”.
Esto no va de mi gato. O sí. O no. Va de mí, y de estos últimos años, de ese pozo y esa cueva en la que uno se esconde para ocultar las aristas de la armadura, porque sabe que sin ella es frágil y con ella quebradizo. Va de por qué ya no soy ingenuo, ni amable, ni bueno. Por qué ya no lloro viendo ¡Grita Libertad!, como cuando tenía 13 años. Va de por qué somos insensibles a unas cosas y vulnerables a otras, y va, sobre todo, de darle forma a las cosas que tengo en el pecho para quitármelas de encima, porque uno no puede agarrar las cosas informes y no puede arrojar lo que no puede agarrar. Va de por qué no sé querer a las personas, ni hacer que me quieran, pero sí logro conectar con un bicho peludo y tonto, que me esperaba a la puerta de la nevera chantajeándome jamón.

El mundo está mal diseñado. Hace poco recordaba, en dos conversaciones distintas, aquella frase que me dijeron una vez, y que mi razón entendió pero mi corazón no admite. Mi problema, me dijeron, es que espero que el mundo sea justo. No lo es. Me enseñaron que lo era, que uno recibe lo que da, que el que siembra vientos recoge tempestades, que quien es bueno recibe bondad. Es mentira todo. Seguramente mis padres, mis maestros, la catequista de la época en la que pensaba que la voz en mi cabeza era de un señor invisible con poderes, no me querían engañar. Es probable que estuvieran simple y sinceramente equivocados. Pero es mentira. No es cierto. Uno no recibe bondad por ser bueno, uno no recibe castigos por ser malo. Como trates tú a la vida es independiente de como te trate la vida a ti. No hay karma, no hay justicia, no hay equilibrio. Las cosas simplemente son, la naturaleza simplemente es. Querer que la vida te trate bien, porque tú eres bueno, es como querer que un león no te coma porque tú eres ecologista. El león te comerá, o no, dependiendo de si tiene hambre. Y tú tienes que ser ecologista, o no, dependiendo de si crees que hay que proteger la naturaleza. No son hechos conectados, a pesar de que nuestro sesgo cognitivo busca atajos heurísticos que unan ambas cosas para facilitarnos una visión del mundo más comprensible para nuestro limitado cerebro. O si no más comprensible, al menos más reconfortante. Pero no funciona así. El niño que se ahoga en una playa griega no hizo nada malo para recibir ese castigo. Ocurre, porque la vida es injusta. Ese es el verdadero Secreto, y no el que venden bien envuelto en marketing de autoayuda.

Si Dios existe, más le vale tener preparadas hojas de reclamaciones cuando llegue a verle, porque voy a rellenarle unos cuantos folios.

Y sin embargo, valió la pena. Para ambos. Ese gato fue recogido en la calle, tenía por delante una vida quizás más larga, pero seguro que menos feliz. Y como uno cambia, quiera o no, cuando la vida le moldea la arcilla de la que se compone, pues también me cambió a mi. Quizás no mucho, quizás no suficiente, quizás de manera insignificante. Pero no puedo negar que existió, que me dio cariño, que yo le quise, y que las cosas no son iguales, ni después de verle vivir, ni después de verle morir. Así que la esperanza, para todo lo demás, es que quizás uno descubra después que también valió la pena. Quizás en algún momento me llegue el instante en el que me pare, y haga balance, y diga que sí, que efectivamente no he tenido la mayor de las suertes. Pero que todo lo que ocurrió, me ayudó a moldear mi arcilla. Quizás el mareo que sientes en el torno del alfarero, donde todo da vueltas, donde los ciclos se repiten atrapado en un bucle sin sentido dentro de una vida sin razón, sirva al final para dar forma a algo, o a alguien. Quizás para otros sea yo su gato, quizás cuando ya no esté, alguien reflexione y diga, “era un incordio, pero conocerlo es parte de lo que me moldeó, y valió la pena el incordio”.

Lo dejo por hoy, voy a lavar el coche. Creo que hay unas manchas de sangre.

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