Hay que tomar las calles

Músico, actor, poeta y defensor de la contracultura, Luis Aranosky sabe el momento en que nos encontramos y lo que hay que hacer: agitarla.

Por: Carol Calcagno y Patricio Fernández Abregu
Fotos: Ignacio H. Salinas

Lo sabemos: Luis Aranosky se maneja con mucha soltura dentro y fuera del escenario. En su casa de San Cristóbal las palabras brotan como ráfagas de un arma mortal, con cierres determinantes y frases filosas. Acérrimo defensor de la contracultura —desde antes de sus inicios en el Parakultural—, Aranosky es un infatigable generador de proyectos independientes, un artista que se caracteriza por crear en cualquier momento y en cualquier lugar.

Cuando le preguntamos por su infancia, no duda en definirla como triste y desolada “pero creativa”. Tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada en los oscuros tiempos de una Argentina controvertida. Su madre falleció cuando él tenía dos años. Su padre era un empresario que viajaba mucho a Europa y “traía valijas llenas de discos. En casa se escuchaba mucha música y se leía bastante, se comía y se chupaba” —dice sonriendo.

Según Luis, entre los Aranosky —de origen judío polaco, ruso y alemán— hubo varios que se inclinaron por el comunismo y diferentes ramas del judaísmo; él, sin embargo, es cristiano. Se crío pateando las calles de Villa Urquiza “entre pibes, bolitas y figus”, y desde muy pequeño supo andar dando vueltas hasta altas horas de la noche. Entonces se ganaba la vida juntando diarios y revistas para venderlas por kilo en el Parque Rivadavia. “Vendía sin tener necesidad económica —dice—: ganaba buen dinero y me compraba mis cosas para seguir comercializando”.

“Después de la tragedia de Cromañón la cultura fue afectada y pasó a tener ribetes de especulación por vía gubernamental y bolichera”.

¿En qué año empezaste tu carrera artística?

En 1980, pero profesionalmente en 1984. Ya trabajaba de performer en infinidad de boliches nocturnos, algo no registrado como movimiento cultural de la época. Muchos ganábamos bien en la mayoría de las discos, por ejemplo Palladium. Ahí me llevaron preso, por exhibiciones obscenas en lugares públicos. Otros espacios del momento fueron Cemento y New York City; te encontrabas con personajes míticos, como Batato y Alejandro Urdapilleta.

¿Y con la música?

Tenía una banda muy punk, noise y teatral, llamada Aranosky Flash. Una vez nos cortaron la luz y nos rajaron de un festival en un teatro conocido que era de los curas. Salimos de adentro de un ataúd con la cruz invertida, junto a varias amigas en pelotas. Estaban Adrián Bar, guitarrista de Orions y el batero Martín Ontiveros. Ellos, más adelante, formaron parte de la producción e interpretación musical en Los Triciclos Clos.

Los Triciclos Clos se creó en la escuela de Norman Brisky y fue un punto de inflexión en la carrera de Aranosky. Allí también formó parte del Frente de Cómicos Populares (FRECOPO). Hacedores de radio, performances y payasos, Los Triciclos Clos aparecían seguido en La TV Ataca y, en ese tiempo, conocieron a Claudio Villarruel, quien los llevó a América 2, donde trabajaron mucho en publicidad y en diversas fiestas como las del Condon Clú o las conocidas Fiestas Nómades. Luego, encontraron un lugar en las madrugadas de la Rock and Pop.

Era una buena época para la contracultura…

La ciudad de Buenos Aires era otra: ardía, había miles de lugares para tocar sin restricciones. La gente estaba más ávida de experimentar, ver, salir y buscar propuestas. Después de la tragedia de Cromañón la cultura fue afectada y pasó a tener ribetes de especulación por vía gubernamental y bolichera, a través de políticas de centralización y control. Como si todo sucediera, solamente, en Palermo, en espacios tipo Niceto. La movida de los 80 fue desapareciendo. Todo cambia y eso te propone nuevas metas.

En aquel momento pasaron de la TV a la radio. ¿Cómo fue la experiencia?

En los medios hay muchos lineamientos editoriales, hay cosas que no podés hacer y otras para las que no nos daba la cabeza por ser jóvenes y rebeldes —asegura mientras sonríe y mira de reojo—. No nos podíamos sostener. En los medios hay mucha gente chupaculo y es un ambiente muy de mierda. Yo no me sentía contenido. Estuve dos años en el elenco de Marcelo Tinelli: ahí te tocaba lo que te tocaba y había cosas que no me gustaban. En un momento armamos un buen grupo con humoristas como Hijitus, Usni y Toti Ciliberto. Con ellos hacíamos La novela gallega, un humor muy sano.

¿Qué ocurrió?

“Lo que está ocurriendo en la era Macri es un adormecimiento a pedido”.

No sé si me echaron por una cuestión política. Me acuerdo que una vez me pusieron la cámara en frente y yo dije que iba a votar a Bordón y a Chacho Álvarez. En ese momento, cuando todos votaban a Menem, era como decir Quebracho. A la semana me mandaron un telegrama avisándome que me despedían. En realidad, me andaba quejando por todo el canal y estaba re podrido de ser hincha de San Lorenzo y de todo ese negocio de mierda que no aportaba nada más que economía a mi vida de padre primerizo. Hoy veo que fue una etapa de aprendizaje donde podría haber elegido ser más cuidadoso. “Inmolándome por un sueño” hubiese sido el título de esa historia.

Y vuelta a empezar. ¿Es una manera de ir encontrando tu lugar?

El lugar artístico lo vas encontrando de manera propia con proyectos, fracasos y experiencia vital, todo acorde a la capacidad de generar “eternamente” tus cosas. A veces desde la teatralidad, otras desde la comicidad, otros con el rock, la poesía, la radio.

¿Cuál es el costo de esa búsqueda?

Nunca me doy cuenta. Lo que cuesta es la Argentina: te ponen piedras en las ruedas para que no puedas crecer. En lo artístico necesitas un entrenamiento y en televisión, por ejemplo, no hay espacios permanentes de producción para formarte. Y eso perjudica, porque no estás preparado para entrar e inmediatamente hacer un bolo. El artista se hace con el fracaso permanente. Vivo fracasando pero no miro hacia atrás, no me gusta vivir de mi historia. Sigo generando producciones que tienen que ver con los 80 olvidados y venerados, pero con una visión del hoy.

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Cuando habla del presente, Aranosky se refiere al Slam de poesías, donde recita desde hace años, a su libro Poesía Combativa Argentina y al colectivo La Tribu en el que estuvo hasta hace poco y trabajó junto a Ezequiel Ábalos. Pero también hay que mencionar que actuó en videoclips, escribió guiones y tuvo una profusa participación en cine (“desde un bolo con Liv Ullmann hasta ahora una película de Janine Miraphel”). Como si fuera poco, Aranosky también es productor de audio especializado en música clásica. “Produje ciclos artísticos de relevancia, hasta en el Banco de la Nación Argentina, donde también me fletaron por cambios de políticas culturales”. No obstante, cuando le preguntamos por la actuación Luis es determinante: “El trabajo del actor es buscar trabajo. El ambiente artístico es complicado; si dependés de lo mediático te deprimís y no producís más nada”.

Decías que en los 80 y 90 se veía una cocina de gente con talento. ¿Ahora hay un vacío?

Existen cosas en el ambiente under. Por ejemplo, están los espacios de arte como El Pacha, actual La casita de los Chasquidos. O la gente del Slam de poesía con el Gordo Sebakis a la cabeza, El Emergente y muchos ámbitos de cultura urbana informales. Los 80 murieron y se reivindicaron, para que venga lo nuevo. Pero lo nuevo no aparece del todo, no emerge, porque estamos mediáticamente dominados.

Sin pantalla no hay éxito.

Claro, parece que si no estás del lado mediático, no sos actor, o músico, o escritor, o periodista, o conductor radial. Y no es así, por eso uno tiene que seguir creando en cualquier lugar, sea un subte, una plaza o un bar. Y seguir perfeccionándose. Hay mucha gente que se queda ahí en un lugar de lumpenaje. Hay que seguir formándose.

Haciendo tantas cosas a la vez, ¿cómo te ves a vos mismo?

“El artista se hace con el fracaso permanente. Vivo fracasando pero no miro hacia atrás, no me gusta vivir de mi historia”.

¡Hecho mierda, pero llego! ¡Nah! Soy un tipo que donde planta una semilla, algo crece y toma forma. Hay que tener la avidez para buscar; la gente no busca, compra lo hecho, el producto envasado. El público se mueve menos, se queda con lo que hay y no va a ver lo nuevo. Les cuesta, ya tienen un chip puesto, quién sabe por quien, quizás por los reptilianos o los Illuminati.

¿Pensás que durante el kirchnerismo los artistas tenían un poco más de aire?

Sí. Los artistas del establishment y los que apuntamos a la contracultura. Desde el rock produjimos mucho en el Zaguán Sur, lugar donde tocaban muchas bandas indie, platenses, uruguayas, chilenas, como Perrosky, y un matiz de colores, muchas de la movida peronista. Hoy está clausurado. Existen ámbitos que la pelean como el Salón Pueyrredón, pero cada vez hay menos lugares alternativos para generar producciones.

De esta forma es difícil que despierte el arte.

Depende de la gente. Si el artista no realiza sus propios proyectos y se queda estancado en la mediocridad reinante, quedará ahí. Eso es para los tibios; yo soy adrenalina pura como disparador de metáforas y proyectos que linden con la escena. Lo que está ocurriendo en la era Macri es un adormecimiento a pedido. Pero los que tenemos rabia, rebeldía, sed por el otro y lo nuestro, proponemos canillas de arte y comenzaremos a mover, hacer, producir y crear desde la acción. La rebeldía no está en la clase adormecida, está más bien oculta. Hay que tomar las calles.

Suena bien, pero…

Mirá, el mes pasado formé parte de una movida ricotera con Sergio Dawi y Semilla Bucciarelli. Y les decía a los pibes, en un Niceto al palo, que hay que tomar las calles, porque lo único que se toman son los grandes estadios. La gente perdió conciencia con las grandes bandas y termina siendo captada y mediatizada por una remera como la de Callejeros. Veo que se suman a un mensaje pero no a un mensaje de contenido político de acción. Veo todo muy dividido, desarticulado, banalizado y mediocre. Y el mensaje es claramente adormecedor para las clases populares y alternativas. Una Argentina mediocre. ¡Hay que volver a José Ingenieros!

¿Cómo funcionan los espacios punkys que frecuentas?

Con mi banda actual Cachito tenemos que buscar lugares, por eso generamos nuestros propios espacios. La Feria Punk es uno de ellos, hoy más conocido como el bar Melonio. Suele ser boicoteada por los mismos concurrentes, como si la violencia de fuera no alcanzara. El otro día se armó tremenda goma al pedo: hay punkys que son peores que la policía. ¡Que se vayan a romper la Casa Rosada, no su propia casa!

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¿Cómo nació esta nueva banda?

Cachito nace como un proyecto performático. Tocaba con los pibes de fútbol, lo hacíamos en el Salón Pueyrredón, en el año 2008. Salía a escena casi en pelotas, meaba un vaso entero de birra y me lo tiraba en la cabeza sobre un casco, como metáfora de las ruinas y la basura que generamos en todos los aspectos argentinos y humanos. Comenzaba tocando unos sintetizadores con una lengua de vaca colgando, terminaba vomitando y tirando fideos con tuco a mi estilo. Y la gente me arrojaba latas de cerveza. Le puse Cachito Rock porque al rock lo habían matado y ahora lo renuevan desde la mediocridad: tener un celular es rock, salir de una limusina es rock, usar una remera de los Sex Pistols es rock. Y nada más alejado de la realidad. El punk rock tiene que ver con el combate, con la renovación permanente, social y artística.

En Cachito pareciera que plasmás también tu teatralidad.

Sí, la teatralidad es parte de mí: la estética del cómic, lo performático, la ropa; todo eso es parte del rock. El primer disco de Cachito salió con un fanzine bastante combativo. Lo habíamos hecho con la gente de La Ponzoña y tenía un mensaje estético contundente. Con Los Triciclos Clos, la impresión del primer CD sacado por EMI, tenía las cucarachas sobre su base y el librito interno. Era una novedad para esos primeros años 90, hecha por ese amigo y gran artista que es Willy Candia.

¿Cómo funciona Cachito con el público?

Cachito tiene que ver con la expresión escénica y las canciones, es una banda de rock duro formalizada, con música simple y muy buena pegada y letras. Pero hay que llegar a la gente y ese es el desafío de tocar música de manera personal, con influencias pero muy Cachito. Luchando contra lo banalmente muerto: las discográficas, los pocos lugares para tocar, la muerte del formato físico, la era de las redes sociales y lo digital.

¿El punk como género musical se abrió a otras disciplinas artísticas?

“El trabajo del actor es buscar trabajo. El ambiente artístico es complicado; si dependés de lo mediático te deprimís y no producís más nada”.

Sí, claro. Recuerdo que en los Festipunk de los 80 si salías a hacer poesía la gente te escupía, te tiraban con lo que tenían encima, te gritaban “puto, boludo” y te pedían que te bajes. Y claro, la gente estaba rabiosa, se la agarraba con los mismos protagonistas que combatíamos. Había algo medio cabeza. El punk nace también desde lo literario y las diferencias: Patti Smith, que era la poetisa del punk o Lou Reed, con su palo poético que iba más por el rock. Malcolm McLaren, uno de los creadores de esta estética, termina rescatando sonidos africanos y música francesa. Veo que los pibes se cierran y eso es producto del sistema; termina comiéndote.

¿Será que todo está muy rotulado?

Hay que abrir la mente. No se puede leer un solo diario, escuchar una sola radio, ver una sola serie y tener una sola vida mediocre para caer en el ganado banal de esta máquina de picar carne. El sistema busca encasillarte. No es necesario comer carne todos los días; si te clavas un sushi te tildan de puto pero, en realidad, la comida japonesa es una maravilla.

Se acerca el final de la entrevista; tendríamos que hacer otras tantas para cubrir la inabarcable carrera de Aranosky. Una carrera desestructurada y siempre cercana a la innovación. “Elegí el peor de los caminos —dice Luis—: el camino del rock. En esta ruta me siento absolutamente libre: siempre me tocó estar en espacios donde se propone la contracultura, por lo tanto, pasé por la experiencia de ver a miles de personas o a solo tres punkys mirando mi espectáculo, algo que me tiene sin cuidado. El tema es producir, crear, sostener, porque en la medida que hacés, sos. Y en la medida que sos, existís”.

¿Te queda algo pendiente?

¡Vivir! Sí, claro. Más cine, radio, televisión, pero cosas que tengan que ver con mi estilo. Y son difíciles de encontrar. Estamos en un país mediocre, culturalmente hablando: parece que el único actor es Ricardo Darín y el único gordo, el Gordo Casero. Dos narigones, un par de morochos. Sigue la lista: un solo diario, cuatro bandas; lo demás no existe.

¿El arte salva o el arte es salvarse?

El arte me salva del día a día, porque me saca de los lugares oscuros. Me pone en sitios de permanente movilización. Con el arte tengo algo que decir; mucho que decir. En fin, que la vida no haga de vos. Vos hacé tu vida. Nada más.

***

Carolina Mercedes Calcagno es Comunicadora Social, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Formó parte de varios programas radiales en FM de Buenos Aires y sus cuentos fueron seleccionados y premiados en diversos concursos literarios. En 2015 publicó el libro Tanguito…allá a los lejos puedes escuchar (Nuevos Tiempos). Actualmente escribe para el diario La Tercera, el periódico juvenil Yo soy La Morsa y el portal en línea Buenos Aires Eye.

Sobre el autor

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