La concha no es sagrada

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Entrevistamos a Georgina Orellano, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina.

Fotografía: Ariel Vicchiarino

La puerta recibe con un cartel contundente, medio abollado y escrito a mano con marcadores rojos y negros: “Prohibido el ingreso de abolicionistas, la casa se reserva el derecho de admisión”.

Al entrar: libros, fotos, megáfonos, penes de distintas formas y tamaños; otro cartel que dice: “Queremos ser escuchadas”. A su lado, una concha de goma espuma gigante y, enfrente, la heladera llena de stickers con una foto del futbolista “Pocho” Lavezzi en cuero. La oficina central de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) se parece mucho a su secretaria general: multifacética, sexual, intelectual y apabullante.

“La explotación a la que se enfrentan las trabajadoras sexuales en relación de dependencia es la misma que hay en las fábricas. La diferencia es que en nuestro trabajo es considerado un delito”.

Son las tres de la tarde y Georgina Orellano está vestida de negro. Remera y pantalón pegados al cuerpo, labios rojos, un pañuelo blanco en el cuello y las plataformas animal print que la hacen aún más alta: es como si se llevara el mundo por delante. Orellano escatima las sonrisas pero ofrece y prepara mate. Ceba y chorrea. Con la agenda sobre el escritorio se pone al día, habla con sus compañeras presentes sobre los próximos eventos, pasa las hojas y anota actividades que ya coordinó para dentro de un mes: “Empezamos cuando quieras eh, pero quiero anotarme algo porque si no me olvido”.

La agenda está colapsada por el trabajo constante que lleva a cabo desde el sindicato. Pero también como consecuencia de la viralización del video de su intervención en el taller de trabajo sexual del 31° Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, en octubre último. “El problema de este trabajo es la parte del cuerpo con la que trabajamos”, dice Orellano en YouTube. Y agrega: “Si seguimos pensando que la concha es sagrada, compañeras, difícilmente vayamos a combatir al patriarcado”. Cierra con aplausos.

Durante 12 años el taller quedó afuera de los Encuentros de Mujeres. En 2015 la problemática volvió a estar presente, pero desde una perspectiva abolicionista; se llamó “Mujeres en Situación de Prostitución”. En abril de este año, las trabajadoras sexuales pidieron recuperar el espacio y coordinarlo ellas mismas, bajo un nombre claro: “Mujeres y Trabajo Sexual”. En septiembre fue confirmado.

Volver fue demostrar el crecimiento de la organización. Habíamos decidido abandonar esos espacios porque nuestras voces no eran representadas. Después entendimos que si nosotras no dábamos la discusión, difícilmente se podía cambiar algo. Propusimos un taller con agenda propia y llenamos seis comisiones simultáneas. Ahora había disposición para escucharnos.

¿A qué se debió este cambio?

Además de nuestro trabajo cotidiano, está relacionado con el contexto de un gobierno nacional neoliberal que genera mayor feminización y recrudecimiento de la pobreza, mayor precarización laboral. Las primeras que vamos a ser perjudicadas con esas políticas somos las mujeres. Con la resistencia que genera este gobierno nos volvemos a encontrar en las calles.

Nueve de cada diez trabajadoras sexuales tienen uno o más hijos y Georgina Orellano es parte de esa mayoría. El problema es que a muchos les cuesta imaginar a las trabajadoras sexuales en otro rol que no sea el de puta.

No somos trabajadoras sexuales todo el tiempo; como todos, trabajamos una cierta cantidad de horas. Después, cuando llegamos a nuestras casas, somos personas que piensan lo que van cocinar, dónde van a comer. Tenemos las mismas responsabilidades que el resto de las mujeres, atendemos a nuestros hijos y hacemos las cosas de la casa.

¿Y tu rol como madre?

Con mi hijo trato de ser lo más realista posible. No todo lo que leés en la revista Ser Padres Hoy cuando estás embarazada es lo que luego ocurre en la vida cotidiana. Especialmente si tenés que salir a trabajar y hacerte cargo de todo.

Los padres de Orellano son tan peronistas que se casaron un 17 de octubre. En su casa “siempre hubo conciencia de clase”, se compraban los diarios, se veían los noticieros, se hablaba de la situación del país. Pero a ella no le interesaba nada de todo aquello: eran los noventa, esos años en que “la política era una mierda”.

Después del Argentinazo, con la llegada de Néstor, comencé a tener un poco más de conciencia: su discurso me llegó, me sentí representada. Y eso le pasó a un montón de jóvenes: volvieron a la política, a la esperanza de cambiar algo desde adentro. Empezaron a ser protagonistas de las luchas sociales.

“Nos podemos pasar un día y medio discutiendo si es una elección libre o no, pero las que después volvemos a la esquina y nos encontramos defendiéndonos de la policía somos nosotras. Y ahí no viene la abolicionista Florita de Tal a ayudar”.

En aquella época, Orellano comenzó su militancia en diferentes agrupaciones políticas. Pero no encontró su lugar porque, a pesar de compartir muchas reivindicaciones, siguió escondiendo la forma en que se ganaba la vida. Sentía que iba a ser juzgada.

En las calles de Villa del Parque, el mismo barrio donde hoy sigue trabajando, conoció a algunas de las mujeres nucleadas en AMMAR. Empezó a involucrarse, a participar de las actividades. Era un lugar donde podía hablar abiertamente sin que la señalen o la miren mal. Donde escuchaba otras historias y experiencias en las que se sentía reflejada.

Me acuerdo de una compañera que decía: “Con el cliente no pienso si me gusta o si la paso bien. En ese momento estoy haciendo números en la cabeza: que tengo que pagar las cuentas, que saldo tal deuda, que me faltan dos horas más”. A veces, yo también soy una calculadora.

Las trabajadoras sexuales están atravesadas por diferentes problemáticas. No solo la precarización laboral, la falta de acceso a la vivienda y la violencia institucional que enfrentan a diario, sino también la “cruzada moral” que las lleva a pensar que cuando están en la esquina están haciendo algo mal, a ocultar su trabajo a la gente que conocen, a inventar que se dedican a otra cosa.

Entrar a AMMAR fue parte del recorrido que tuve que hacer para sacarme la culpa y entender que no todo es como nos lo hicieron creer. Entender que hay gente que nos respeta y se involucra en nuestra lucha. Y que si hay otra que nos discrimina es justamente porque no damos el gran paso de salir del clóset. Mientras sigamos en la clandestinidad, la gente va a seguir sosteniendo que somos objetos o víctimas y nunca nos van a ver como mujeres sujetas de derecho.

Desde 1995, AMMAR forma parte de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Producto de la auto organización, pelean por el reconocimiento como sindicato de derecho, y no de hecho como es actualmente. Las mujeres de AMMAR quieren ser reconocidas como trabajadoras sexuales autónomas para poder acceder a los mismos derechos que cualquier otra trabajadora.

Lo que nos pasa en la CTA, a diferencia de otros sindicatos, es que primero tenemos que romper con una barrera: el prejuicio sobre nuestro trabajo. Tenemos que generar cierta sensibilización para que el otro no nos piense como la trabajadora sexual de la esquina sino como una compañera de militancia que está luchando por los mismos derechos.

¿Con las mujeres la relación es distinta?

Esperamos la solidaridad de las mujeres pero hay una fuerte resistencia. Es lo que ha hecho el patriarcado: nos boicoteamos entre nosotras en vez de sumar fuerza para cambiar.

Desde AMMAR vienen impulsando un proyecto de ley para darle un marco regulatorio al trabajo sexual. Un proyecto que implica salir de la clandestinidad y mejorar las condiciones laborales: acceder al Monotributo y hacer los aportes jubilatorios, inscribirse a una obra social, poder habilitar un departamento para ejercer. Y que los controles sean llevados a cabo por el Ministerio de Trabajo y no por la policía.

El trabajo sexual es un tema que históricamente fue tabú y hay un montón de intereses y prejuicios morales para mantenerlo en la ilegalidad. El vacío legal para algunos es funcional. Nosotras hablamos del proyecto de ley como nuestra herramienta de lucha pero sabemos que todavía falta mucho para que se vote a favor.

Mientras tanto, ¿cuál es la estrategia?

Frente a la falta de maduración política, hay que hacer despacito todo un trabajo de incidencia, de sensibilización, de generar alianzas con otros actores para que, llegado el momento, estemos acompañadas. Entendemos que hay que dar una gran batalla cultural.

Para AMMAR el trabajo sexual ejercido por una persona adulta, de manera autónoma y con consentimiento, es diferente de la explotación sexual de mujeres y niños. Y difiere también de la trata y tráfico de personas con fines de explotación sexual.

En Argentina ha desaparecido la figura de explotación. Para el derecho penal todo es trata y todo se aborda de la misma manera: todas son víctimas. Creemos que la explotación se debe abordar desde otro lugar y con otra presencia del Estado.

¿Cómo se diferencia la explotación de la trata?

La explotación a la que se enfrentan las trabajadoras sexuales en relación de dependencia es la misma que hay en las fábricas. La diferencia es que en nuestro trabajo es considerado un delito. Pero las compañeras que están siendo explotadas o trabajan en relación de dependencia no son víctimas de trata: son mujeres trabajadoras sexuales con malas condiciones de trabajo.

“…quien dice que nuestro trabajo no es digno cae en una trampa del discurso que nos han enseñado: que los trabajadores deben sentirse dignos por el trabajo que están haciendo”.

¿Por qué el Estado no percibe la diferencia?

El Estado, desde una visión paternalista, quiere imponerse y controlar el uso de nuestros propios cuerpos. No nos protege; todo lo contrario: nos persigue y genera cada vez más políticas de criminalización y mayor vulneración de derechos. Por eso las compañeras buscan protección y ahí es donde aparece la tercera parte, los intermediarios.

¿Cuál es el rol de los intermediarios?

Frente a la ausencia del Estado, protegen a la trabajadora sexual. En vez de trabajar en una esquina y tener que exponerse y lidiar todos los días con la policía, una trabajadora sexual prefiere trabajar ocho horas diarias para un tercero que se queda con un porcentaje de las ganancias. Es lo mismo que pasa en la fábrica, donde la patronal se queda con la plusvalía.

¿Qué pasa con las trabajadoras cuando se persigue a los intermediarios?

Hay lugares, donde las chicas son explotadas laboralmente, que se allanan y se cierran. Eso es un error grave porque no solo dejás sin trabajo a las compañeras sino que también las exponés a una vulneración de derechos más grande.

¿Por qué?

Algunas trabajan en un lugar donde se sienten cómodas: se quedan con el 50%, se les permite faltar si están enfermas y no se lo descuentan. Si ese lugar se cierra quizás terminan trabajando en otros lugares donde les cobran multa si llegan tarde, les descuentan los preservativos y los volantes, y les sacan el 60% o 70% de lo que ganan.

¿De qué manera se podrían evitar las terceras partes?

La cooperativa de trabajadoras es una figura posible, siempre y cuando el trabajo sexual esté regulado. Porque si no al poco tiempo empiezan los problemas: con la policía que pide coima, con los vecinos, con la administración del lugar que se entera y denuncia a las chicas, con algunos porteros que también se quieren quedar con una parte y piden plata por cada cliente que dejan pasar.

Aparecen muchas “terceras partes”.

Claro. Hay compañeras que decidieron desprenderse de los intermediarios. Y después cuentan: “Era mucho mejor trabajar para un dueño, porque él se encargaba de todos estos enfrentamientos. Nosotras solamente cumplíamos ocho horas y nos llevábamos el dinero a casa”.

En Argentina, a la hora de discutir sobre prostitución, es mayoritaria la postura abolicionista: son quienes creen que bajo ningún concepto puede ser considerada trabajo y no admiten que un porcentaje de mujeres pueda ejercerla desde la libertad individual. Por eso exigen al Estado que desarrolle políticas claras para su erradicación y ofrezca alternativas laborales. Orellano cree que esa discusión es contraproducente para el movimiento:

Nos podemos pasar un día y medio discutiendo si es una elección libre o no, pero las que después volvemos a la esquina y nos encontramos defendiéndonos de la policía somos nosotras. Y ahí no viene la abolicionista Florita de Tal a ayudar; ahí nos tenemos que defender entre nosotras.

La secretaria general de AMMAR opina que la lucha por la creación de alternativas laborales para quienes quieran dejar de ejercer no es incompatible con la lucha por el regulacionismo, porque ambas reúnen a mujeres atravesadas por situaciones similares: precariedad laboral, violencia, falta de acceso a la vivienda, a la salud y a la educación.

Lo que cambia es cómo se percibe una y cómo se percibe la otra, pero las problemáticas son las mismas. El planteamiento de la ley del trabajo sexual no les quita el derecho a quienes quieran una alternativa al mismo. Quien quiera una alternativa que la tenga, pero quien prefiera seguir ejerciendo que esté amparada en un marco regulatorio y pueda acceder a derechos laborales.

“Una podía acompañar el modelo y sentirse reflejada en un montón de políticas que se llevaron adelante, pero para nuestro sector el gobierno de Cristina fue el que más políticas prohibicionistas desplegó”.

¿Podríamos decir entonces que el trabajo sexual es un trabajo más?

Ningún trabajo es igual a otro. Ser empleada administrativa no es lo mismo que ser empleada doméstica. Son contextos diferentes con problemáticas diferentes y justamente el Estado debe abordarlos con una perspectiva diferenciada. El Estado tiene que reforzar su presencia donde se sufre mayor vulneración y generar más políticas de inclusión con esa trabajadora.

¿Qué pensás cuando te dicen que tu trabajo no es “digno”?

Pienso que quien lo dice cae en una trampa del discurso que nos han enseñado: que los trabajadores deben sentirse dignos por el trabajo que están haciendo. Pero el trabajo no hace a la dignidad de las personas: hay gente de mierda ejerciendo trabajos considerados dignos, decentes. Si seguimos repitiendo esos discursos, terminan ganando los empresarios.

En los últimos años, ¿hubo políticas concretas que favorecieran a las trabajadoras sexuales?

El Estado argentino generó políticas de inclusión para que las mujeres que decidiesen salir del trabajo sexual pudieran hacerlo. El año pasado, por ejemplo, el Ministerio de Trabajo llevó a cabo capacitaciones laborales en oficios. Pero resulta ser que las mismas que festejaron la iniciativa, se anotaron e hicieron el curso, después volvieron a la esquina.

¿Por qué volvieron?

Por el dinero que se gana con el trabajo sexual. No es comparable a otros trabajos. De eso no se habla, justamente porque hay un montón de trabajos destinados a la mujer que están muy mal pagos. El trabajo sexual, aún con todo su estigma, sigue siendo más redituable.

Parte de los sindicatos y de la clase trabajadora se identificó con el kirchnerismo. ¿Cómo fue en el caso de AMMAR?

Una podía acompañar el modelo y sentirse reflejada en un montón de políticas que se llevaron adelante, pero para nuestro sector el gobierno de Cristina fue el que más políticas prohibicionistas desplegó. Cada vez que escuchábamos una ley que estaba en contra nuestro decíamos: “Somos parte de la clase trabajadora, acompañamos este modelo, pero aun así nos criminaliza”.

“Tenemos un gobierno con una mirada que es totalmente conservadora con todo lo que sea diversidad. La policía, con el amparo de la actual ministra de Seguridad, tiene un montón de recursos para detenernos arbitrariamente y generar aún más violencia”.

Una contradicción profunda.

Sí, porque frente a una medida prohibicionista éramos las primeras en salir a criticar. Había compañeros que no entendían eso. Pero acá estamos en un sindicato y los trabajadores no se tienen que quedar callados. Los gobiernos pasan y la que se queda defendiendo los derechos es la clase trabajadora.

¿Hubo cambios con la llegada de Cambiemos al poder?

Ahora estamos sujetas a políticas de mayor represión. Tenemos un gobierno con una mirada que es totalmente conservadora con todo lo que sea diversidad. La policía, con el amparo de la actual ministra de Seguridad, tiene un montón de recursos para detenernos arbitrariamente y generar aún más violencia.

Según un estudio de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex), de la que forma parte AMMAR, el 75% de las trabajadoras sexuales sufre violencia en su ámbito laboral, una violencia que es ejercida principalmente (83%) por las fuerzas de seguridad. Ocho de cada diez mujeres no la denuncian por temor a represalias, discriminación y por desconfianza en las autoridades.

¿De qué formas se manifiesta el incremento de la violencia sobre ustedes?

Hasta el momento nos habían hecho actas contravencionales. Pero ahora hay compañeras que tienen que pagar la penalidad con horas de trabajo comunitario. Además, el gobierno actual dispuso otras figuras: si te paran y no tenés DNI, te pueden llevar hasta diez horas detenida por averiguación de antecedentes. Eso antes no sucedía.

¿El kirchnerismo también tuvo su cuota de responsabilidad en esta violencia?

Hay todo un aparato represivo con un montón de dispositivos punitivos que dejó el gobierno anterior. La única medida prohibicionista del macrismo fue, hasta ahora, la prohibición de los cabaret-disquerías en la Ciudad de Buenos Aires. Lo nuevo es que el Frente para la Victoria votó en contra. ¡Cómo cambia el cronograma político! Ahora, del lado de la resistencia se encuentran con las putas y se dan cuenta que son compañeras. Las mismas compañeras a las que, cuando estaban en el poder, les lanzaron todo el derecho penal encima.

3 COMENTARIOS

  1. Me ha gustado mucho ese artículo. El enfoque es pertinente, lúcido y sano. Lástima sea una minoría gente que no logra aderir a ese enfoque. Parece tan evidente, tan sencillo, tan razonable, pero la educación y la cultura de la mayoría no le permite alcanzar la realidad, esa realidad, como normal. Hay que luchar, claro, y esa lucha debe empezar en las escuelas, que se aprenda a los niños y niñas que la trabajadora sexual es no más no menos, y nada más que una trabajadora, por eso merece respeto y aceptación en su comunidad. Seguro que el falso moralismo conservador (sea de derecha o de izquierda) resulta ser muy danoso. El tema de las trabajadoras sexuales es una pieza del rompe-cabeza. Nada se hará si no se logra su espacio dentro del contexto social de forma harmónica. Eso para decir que esa lucha no es sólo de ellas, y sí de todos nosotros. Felicitaciones a Georgina Orellano por esa entrevista.

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