Libros, trincheras de la memoria

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La biblioclastía es utilizada desde siempre por los regímenes autoritarios. Para los genocidas un temor especial se esconde detrás de las palabras y la última dictadura argentina es un claro ejemplo de ello. Entrelazando historia y ficción, Patricia Morante nos cuenta acerca del sentido profundo de la destrucción de libros.

Por Patricia Morante.

Uno

Gutiérrez: —¿Dónde nació la peste?

Fénix: —En la ciudad fenicia de Biblos.

(…)

Gutiérrez: —Nombre cinco efectos que produce la peste.

Fénix: —Vicio, perversión, desenfreno, codicia y envenenamiento…

libros-1Así dialogan en la primera escena los protagonistas de la obra de teatro Biblioclastas de Jorge Gómez y María Victoria Ramos. Una ficción que, cargada de signos, alude a los años de la última dictadura militar argentina. La acción se centra en la quema de libros.

Para estos personajes que son empleados públicos —uno, calificador tramo B de la categoría técnica; otro, un simple asistente de incineración— la peste es la subversión, el marxismo, la escritura, el libro, el escritor «subversivo» o el de influencia marxista; y el origen del mal está en Biblos porque esta ciudad era la que se dedicaba al comercio del papiro, planta que crecía a orillas del Nilo en Egipto, con la que se elaboraban finas láminas que constituían un soporte para la escritura.

Cabe aclarar que la demanda de papiro fue en constante aumento en el Mediterráneo oriental, donde desde finales del segundo milenio antes de Cristo se desarrollaron formas complejas de escritura, en particular el alfabeto, una escritura fonética elaborada por los mismos fenicios alrededor del año 1100 a.C. Esta vinculación con el comercio del papiro llegó al punto de que esa fue la razón de que la ciudad, Gebal, fuera conocida como Biblos, que era el nombre que los griegos daban al papiro egipcio, y también el motivo para que Fénix y Gutiérrez la consideraran como origen de «la peste».

El episodio citado es la pantomima de una entrevista de trabajo que los personajes «practican» para lograr un ascenso. Podríamos decir que se toman lección mutuamente.

En la escena final de la misma obra, Fénix reflexiona desde lo más profundo, ya no como parte del requisito para pasar de categoría: «No hay libertad sin escritura. ¿Qué tiene que ver la libertad con la escritura? ¿Eh? Decime vos…».

Los represores-genocidas de la última dictadura argentina conocían de forma vasta la relación libertad-escritura y no ignoraban, por consiguiente, la «peligrosidad» que ello significaba.

Judith Gociol y Hernán Invernizzi, autores de Un golpe a los libros, lo explican diciendo que el objetivo principal durante el llamado «Proceso de Reorganización Nacional» fue la reconversión socioeconómica y que, para que ese proyecto tuviera éxito, la censura, la persecución y, consecuentemente, la destrucción del libro, cumplió un papel fundamental.

Invernizzi, en una entrevista para el Diario de la memoria, lo ejemplifica con una mesa de tres patas: «Una pata es el Terrorismo de Estado, otra es el de las políticas culturales, educativas y de comunicación y la otra pata es el proyecto económico que llevaron adelante Martínez de Hoz y Videla, fundamentalmente. Estas tres cosas están articuladas, una sin las otras no funciona». En otras palabras, para que se pudiera concretar el plan económico, a la desaparición del cuerpo de las personas debía corresponderse la estrategia de la desaparición de discursos, tradiciones, imágenes y símbolos. Es decir, queno bastaba con la muerte física del adversario, también había que desmoralizarlo. Una táctica frecuente consistía en suprimir los principales elementos de identidad cultural, que suelen ser los que más valor proporcionan para asumir la resistencia o la defensa.

libros-2A partir de una minuciosa investigación, Un golpe a los libros viene a desenmascarar con gran número de testimonios de personas, artículos periodísticos y documentos procedentes del mal llamado «archivo» Banade —ya que estaba compuesto por una cantidad caótica de informes, memorandos, borradores de inteligencia en muchos casos fragmentados, piezas que no pueden ser consideradas como «archivo»— lo que se creyó o se quiso creer durante mucho tiempo acerca de la destrucción de libros durante el mencionado período. Lo que apareció en el imaginario de la gente como una tarea azarosa fue, sin dudas, una actividad sistemática. En el desarrollo de las escenas de Biblioclastas queda muy claro con qué forma de organización se llevó adelante este plan. Un lugar concreto, es decir, en este caso, la oficina de depósito (con un horno incorporado); empleados escalafonados para hacer las tareas, entre los que se encontraban calificadores y simples asistentes que tenían prohibido leer antes de quemar, son solo algunos de los elementos que aparecen en el drama y que condicen con el modo en que se ejecutaron las acciones en la realidad; además de hacer referencia a quemas documentadas de libros como la del millón y medio del Centro Editor de América Latina en Sarandí, fundado por José Boris Spivacow, ocurrida el treinta de agosto de 1980 bajo las órdenes del juez federal de La Plata, Héctor De la Serna. Antes de ese hecho, y solo por citar alguno, existió también la «desaparición» de libros como fue el caso de Eudeba del veintisiete de febrero de 1977, cuando los camiones militares se llevaron alrededor de noventa mil volúmenes de los que no se volvió a saber nada más. El mismo año la policía de la provincia de Santa Fe quemó unos ochenta mil libros de la Biblioteca Constancio Vigil, la cual era parte de un amplio proyecto desarrollado en zonas populares de la ciudad de Rosario.

Y antes aún, a poco más de un mes de iniciado el Golpe, exactamente el veintinueve de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano. Menéndez dijo que lo hacía «a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas (…) para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos (…) De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina» (Diario La Opinión, 30 de abril de 1976).

Volviendo al modus operandi, la siguiente es una ficha de la Operación Claridad, gestada por el general Roberto Viola con el fin de decomisar libros marxistas, que cita el investigador venezolano Fernando Báez en su Historia universal de la destrucción de los libros/ Desde las tablillas sumerias a la guerra de Iraq:

  1. Título del texto y editorial.
  2. Materia y curso en el cual se lo utiliza.
  3. Establecimiento educativo en el que se lo detectó.
  4. Docente que lo impuso o aconsejó.
  5. De ser posible se agregará un ejemplar del texto. Caso contrario, fotocopias de algunas páginas en donde se evidencie el carácter subversivo.
  6. Cantidad aproximada de alumnos que lo emplean.
  7. Todo otro aspecto que se considere de interés.

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Indudablemente una preocupación clave en un plan dictatorial es siempre la cultura. Para controlarla deben llevarse adelante estrategias de alcance nacional que son una forma radical de represión política que produce un daño colectivo y, a la vez, en las subjetividades de los individuos coartando el acceso a los bienes a los que estos tienen un derecho inapelable.

La destrucción de libros opera siempre como un programa de intimidación y confusión. El primer efecto evidente que produce en la sociedad civil es el miedo. El segundo, el pesimismo.

libros-3Ahora, tanto desde la literatura testimonial como desde la ficcional (la última, en este caso, apoyada en la primera) tenemos certeza del significado y la dimensión de la palabra biblioclastía, a pesar de que dicha palabra todavía no aparece en el diccionario de la Real Academia Española ni en su Panhispánico de dudas («En respuesta a su consulta la palabra biblioclastía no está incluida en el DRAE, pero es un término bien formado y, por lo tanto, correcto. Saludos cordiales»). Si consideramos que el 60% de la destrucción de libros por intervención humana es un método muy antiguo (desde la censura, la quema, el descuido, la desidia por las bibliotecas y la venta ilegal) la omisión de este término resulta, por lo menos, inquietante. En España, por ejemplo, por iniciativa de la Falange se destruyeron miles de libros en la Universidad Central de Madrid en el año 1939.

Se trató de un acto denominado «auto de fe», como si fuera una de las acciones del Santo Oficio, comparando el juicio a los condenados que luego serían incinerados con una quema de libros escritos por los enemigos de España. Entre dichos autores enemigos estaban Sabino Arana, Lamartine, Freud, Marx, Rousseau, Voltaire, entre otros. En Biblioclastas aparecen también algunos de los libros «enemigos»: Las tumbas, El barrilete, El Duke, Ganarse la muerte, La torre de cubos, Balada del Álamo Carolina, El Pespir, Los traidores, Manuel Ugarte, La tía Julia…, Los cinco dedos, Los zapatos voladores, La comunidad organizada, La Patagonia rebelde, La vida entera. El personaje principal, en una escena tensa y grotesca, los «picanea» con el calentador del agua para el mate.

Quizá sea este —el del reconocimiento desde una institución que «regula» y oficializa el uso del vocabulario de un idioma y sus acepciones (no sus connotaciones, porque esa tarea la realiza la cultura popular)— un tema para ampliar en otra ocasión; como de igual modo, la referencia a casos no menos significativos de biblioclastía, tanto en Sudamérica como en otras partes del planeta.

Recordemos ahora que a partir del hallazgo, en el año 2000, de una gran cantidad de papeles en la bóveda del ex Banco Nacional de Desarrollo (Banade), quedaron al descubierto para los investigadores varias cuestiones más: que hay una tendencia en todo Estado a escribir sus acciones, aun las más vergonzosas; que no hay, por consiguiente, poder sin escritura; que hubo intención de destruir totalmente esos documentos, como el hecho de borrar las propias huellas tortuosas y, por lo tanto, que no hay poder sin destrucción de los propios papeles.

En el prólogo de Un golpe a los libros, Horacio González concluye que «No en vano la burocracia es uno de los más profundos movimientos del poder, y eso se evidencia aun en que vacila en dejar en el sigilo absoluto sus movimientos. Todo poder se sirve de ese vaivén entre lo que no puede dejar de escribir y lo que no puede dejar de aniquilar alrededor de la evidencia de que hay rastros por él mismo producidos…».También queda claro que no se pudieron aniquilar todas las pruebas que, posteriormente, sirvieron para reconstruir el modo de operar de los genocidas-biblioclastas.

Tres

Los objetivos de los que se vale el poder para la destrucción de la cultura en general, y de los libros, en particular, según Fernando Báez son: abolir la memoria, deshacer el origen, deshacer la pluralidad y deshacer la disidencia pues la destrucción de libro parece tener orígenes antiquísimos y el futuro garantizado.

libros-4«¡Que arda la memoria infame de la humanidad!» expresa con vehemencia el protagonista de Biblioclastas.

Y es que la relación memoria-pasado-persistencia confirma que la destrucción de la primera es indudablemente un ritual complejo de regeneración. De esto se valieron los aniquiladores de la memoria ya que quienes controlan el pasado controlan las opciones futuras. George Orwell lo había advertido en su novela 1984.

En Argentina, así como la persecución y desaparición de personas comenzó antes del golpe también la censura y la biblioclastía debió sincronizarse con este proceso. Un caso emblemático es el de las obras del historiador Osvaldo Bayer. Severino Di Giovanni, idealista de la violencia fue prohibido por el presidente Raúl Alberto Lastiri en 1973 y Los anarquistas expropiadoresy la película La Patagonia rebelde, por Isabel Perón en 1974. Los tres tomos de La Patagonia rebeldesí fueron quemados por la dictadura de Videla.

Bayer recuerda, además, en uno de sus escritos que el teniente coronel Gorleri quemó libros por «Dios, Patria y Hogar» durante la dictadura y, años más tarde, la democracia lo ascendió a general. «Los argentinos tenemos un general especializado en la quema de libros. Cobra sueldo de general, que corresponde a los sueldos de cinco bibliotecarios».

La biblioclastía no es, pues, un hecho que ha quedado en el pasado. «En cierto sentido, nuestro mercado editorial actual, concentrado y en manos de empresas extranjeras, es la concreción, en el ámbito de la cultura, del modo de economía gestado por la dictadura», plantean Invernizzi y Gociol. «La relación entre el público y la literatura nacional, por ejemplo, es una de las pérdidas aún no recuperadas. Hay pensamientos que ya no tienen posibilidad de edición en el mercado. Hasta hace algunos años, era en Buenos Aires o en México donde se definía cuáles escritores latinoamericanos serían editados. Ahora esas decisiones se toman en España, Italia y Alemania.»

En América Latina, el problema central es que la destrucción, la censura y la negligencia cultural trajeron, desde los márgenes de lo racional, el privilegio del fracaso y del olvido como postura.

Al ser la memoria la columna vertebral de la cultura y de la supervivencia, el fracaso pareciera determinar el éxito de los proyectos y el olvido, la paz de nuestras naciones. «Cualquier intento de revitalizar la memoria todavía produce la sensación de ser un retorno al pasado. Y si hay algo que teme el latinoamericano es el pasado porque es demasiado doloroso. Hoy por hoy, la cultura de América Latina supone dos mitos que la sostienen: un mito periférico de memorias desechables, como alternativa de construcción social —sustentada por los medios de comunicación que han legitimado la noción de presente continuo—, y un mito híbrido, que intenta preservar la identidad a partir de un imaginario colectivo fundacional», afirma Fernando Báez en un reportaje realizado en 2005 a propósito de la primera edición de Historia…y del arribo a la Feria del Libro de Buenos Aires para su presentación.

Insiste, además, en que los valores de pertenencia y la identidad de una sociedad se ven debilitados cuando no se fomenta el desarrollo de sus bibliotecas porque una de las principales actividades, la lectura, es un rasgo de ciudadanía activa y no de mera erudición.

Las bibliotecas son emboscadas contra la impunidad, el dogmatismo, la manipulación y la desinformación. «Los represores y fascistas temen las bibliotecas porque son trincheras de la memoria, y la memoria es la base de la lucha por la equidad y la democracia. Las elites sienten pánico ante las alternativas que suponen las bibliotecas como centros de formación popular. Hay que preservar los libros porque son “el eje de la sed de la memoria y el hambre de identidad que une a los pueblos”».

Sin el derecho a la alfabetización y a la información no hay un verdadero proceso democrático. Una biblioteca pública-popular es fundamental porque puede promover la participación comunitaria en debates para la transformación política y económica de una nación.

Y concluye el investigador venezolano: «Hay que insistir en que el patrimonio cultural impulsa un sentimiento de afirmación y pertenencia, puede afianzar o estimular la conciencia de identidad de los pueblos en su territorio, lo que permite resguardar acciones culturales propicias a la integración. Y como el patrimonio es, etimológicamente, “lo que recuerda al padre”, el ataque contra el patrimonio enfrenta a una sociedad con su orfandad más contundente».

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Fuentes:

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Patricia Morante

Patricia Morante nació en Morón, provincia de Buenos Aires el 3 de octubre de 1966.
Es Bachiller con Orientación Pedagógica, Profesora de Lengua y Literatura, Licenciada en Pedagogía Social.
Actualmente trabaja en escuela de nivel secundario con adolescentes y con adultos en el Bachillerato Popular Carlos Fuentealba.
Es narradora y poeta. Publicó de manera independiente y artesanal: Rojos pájaros al aire, en 2011 y Derecho a los pájaros, en 2012.

Más datos en “ADN inquieto” del blog:
http://patri-kemamell.blogspot.com.ar/p/acerca-de-mi.html

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