TEMERARIO JOE

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De Ali lo sabemos casi todo. Pero casi nada del hombre que contra él libró el combate más duro de la historia. Joe Frazier, el gigante olvidado.

Ilustración: Gustavo de Tanti – www.neocles.com.ar

Somos animales. ¿No? Somos el final de una cadena que salió del mar. Somos un final contiguo a otro final. Pero seguimos teniendo esa fibra interior de los animales. Querer ver a dos personas luchar, es una cualidad animal. Las guerras se libran así. Y el boxeo es un deporte que se basa en una premisa básica; “voy a hacerte daño”. La Thrilla de Manila, fue la contienda más importante de todos los tiempos. Fue el tercer y último reto entre Joe Frazier y Muhammad Ali. Jamás hubo dos tipos tan determinantes luchando uno contra otro arriba y debajo de un ring. En Manila, Ali y Frazier no luchaban por el campeonato del mundo de los pesos pesados. La verdad es que luchaban por el campeonato de los pesos pesados, entre ellos dos. Esos dos hombres se detestaban. Un odio personal nacido de la explosiva política racial de los Estados Unidos de los años 70. Y varios años de animosidad que se enquistaron entre estos dos campeones de la máxima categoría. En Manila, llegaron al límite. El límite de la condición humana en quince asaltos. Los mejores pesos pesados, saben perfectamente de qué se trata. Cada uno de ellos, han pasado literalmente por ese infierno.

Casi cuarenta años después de Manila, el legendario “Smoking”, Joe Frazier, siguió en el gimnasio donde se entrenó para su brutal batalla con Muhammad Ali. En Filadelfia, la ciudad del amor fraternal. Incluso vivía ahí, en una pequeña habitación final que llamaba sin ironías; la mazmorra. Frazier pudo haberse retirado de todo, con un puñado gordo de dólares que le permitieran vivir relajado el resto de sus días. No lo hizo. Siguió la contienda desde otro lugar. Tampoco logró apartarse del boxeo. A los 63 años seguía entrenando luchadores junto a su hijo Marvis. Las paredes de su gimnasio son una exposición de su glorioso pasado como campeón mundial de los pesos pesados. Imágenes gigantes de su carrera lo decoraban todo. Podría haber sido el mejor peso pesado de todos los tiempos de no haber sido por un hombre: Muhammad Ali. En el ring, Joe Frazier y Muhammad Ali, eran iguales. Pero actualmente Ali ha vendido el 80 por ciento de los patrocinios comerciales de su nombre y su imagen por 50 millones de dólares. Joe vivía en una habitación trasera de su gimnasio en Filadelfia, esa misma que lo vio crecer. Filadelfia, la ciudad del amor fraterno. Este es un fascinante ejemplo de cómo Estados Unidos trata a sus íconos deportivos. A algunos se les concede un estatus especial y a otros, se los barre como basura junto al olvido. El gimnasio de Joe Frazier está escondido entre las deterioradas vías del norte de Filadelfia, una zona conocida como “The Bad Lands”. Las malas tierras. Un Estados Unidos invisible, necesitado, desprovisto e ignorado. Joe Frazier es la historia del otro hombre en Manila. Un hombre incapaz de olvidar la rivalidad deportiva más amarga e intensa que se ha visto nunca.

En el espacio de cuatro años, a principio de los 70, Ali y Frazier libraron una trilogía de combates épicos que son famosos en la historia del boxeo. Muhammad Ali, es conocido en todo el mundo. Pero lo que el mundo no sabe completamente, es que Alí provocó una disputa sangrienta con Joe Frazier por la que Frazier cree que Ali, paga ahora un precio eterno. Un temblor que mueve los cimientos de la historia. Una marca indeleble de lo que hacés cuando eres joven y vuelve para morderte en el culo. Dios toma nota de todo.

“El campeón de boca grande sabía perfectamente que Frazier pegaba de un modo temerario. Y que luego de experimentar eso, las regiones periféricas de su ego, ya no servirían de nada”.

Muhammad Ali llegó a Manila dos semanas antes del combate. Y como de costumbre, hizo una entrada resonante. Terminaba de recobrar el título de los pesos pesados al derrotar a George Foreman en Zaire, con claridad, en el octavo asalto. Cientos de aficionados y medios de comunicación recibieron al hombre más famoso del planeta. Ali era la estrella del espectáculo. No había ninguna duda. El vuelo de Honolulu que lo llevaba hasta Manila, se retrasó intencionalmente para que los medios de comunicación pudieran cubrir en directo su llegada. Frazier ─por desgracia para él─, llegó a una hora inoportuna. No había nadie para darle la bienvenida que merecía. Probablemente Joe Frazier sintiera que aquello no le hacía mella, en lo absoluto. No era cierto. La pelea se realiza para cubrir las espaldas del dictador de Manila. No había que preocuparse ni promulgar la revolución que se estaba gestando, ni en el hambre que pasaban los ciudadanos. Los boxeadores llegaron a un país que se derrumbaba a pedazos. Y los rebeldes comunistas se habían alzado contra la extravagante y corrupta dictadura del régimen de Marcos. En cuanto llegó Ali, todo el mundo dejó de enfrentarse, abandonaron las armas y se acercaron para verlo actuar. Dicen que los combates suelen celebrarse donde se necesitan. El presidente Marcos quería demostrarle al mundo que un gobierno marcial, no era tan malo como podía parecer. Así que era finalmente una exhibición para él y su séquito. Y por supuesto para la primera dama; la señora Marcos. La lucha le dio la posibilidad a Imelda Marcos para decir que su lugar de residencia, no era un caótico país del tercer mundo. Sino una importante nación del orden mundial. Imelda Marcos poseía una riqueza incalculable. El dinero suficiente para ostentar a Muhammad Ali de anfitrión ante los ojos del planeta. La mejor opción en patrocinio del dictador para ofrecer la atención mundial.

Se barajan varias cifras sobre lo que costó el combate de Filipinas. Algunos dicen que fueron 10 millones de dólares. Se decía que Alí, había recibido 6 millones de dólares en carácter de estrella. Y que el escolta, Joe Frazier, solo la mitad del resto de la bolsa. Mientras, se agigantaba el recelo que había entre ellos. Ali trataba a Frazier con un desprecio abierto e incluso se exhibió en su primer entrenamiento posando como un gorila ante las cámaras. Todo un gesto teatral que ocultaba las intenciones más siniestras. Ali creía que Joe Frazier era inferior. No únicamente como boxeador, sino también como ser humano. “Los boxeadores como Joe Frazier no tienen imaginación”, expresaba. “Es solo una nariz chata”, “un feo perro faldero”, “no es un atleta”, “no sabe hablar de nada y no escribe poemas”. Y se acercó a la cámara y dijo a los ojos del mundo: “La pelea entre el gorila y yo, será lo más parecido a la muerte que verán nunca”. Acaso el miedo de Ali aparecía bajo el velo del exorcismo. Solo, y nada menos, se trataba de un combate entre él y el hombre más incansable y esforzado del planeta: Joe Frazier. Sin nadie en el medio. Y ese era su problema. Frazier era el mojón de las bromas, el negro de periferia que alimentaba los placeres de los blancos conservadores. El Tío Tom bajo el bautizo de Ali. Y también el primer hombre en sacarle el invicto y enviarlo a la lona. El campeón de boca grande sabía perfectamente que Frazier pegaba de un modo temerario. Y que luego de experimentar eso, las regiones periféricas de su ego, ya no servirían de nada. Ser un provocador puede ser divertido, porque los hombres provocadores se condenan a vivir por sus triunfos y a sobrellevar sus humillaciones. Y como bien saben los que cargan el madero en cruz; Dios toma nota de todo.

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