Venezuela y la izquierda

Svampa, Guerrero, Zibechi y Borón son algunos de los que tiraron la piedra en los últimos meses. ¿Qué es y qué hacer en Venezuela hoy?

El proceso político iniciado en 1999 con la llegada a la presidencia de Venezuela de Hugo Chávez Frías ha sido increíblemente fértil. No solo por la cantidad de trasformaciones sociales que ocasionó en el país caribeño y por su capacidad de irradiación al resto del continente, sino también por los abundantes y valiosos debates que despertó entre las llamadas izquierdas de América Latina y el mundo entero.

Este último rasgo —junto al incansable desprestigio del que fue acoso el chavismo por parte del establishment— debería ser suficiente llamado de atención para dar cuenta de su originalidad, de su importancia histórica y también teórica. Otra vez, mientras el coro de gurúes liberales afirmaba que se acabaron las ideologías, nuestro continente demostró que es una verdadera usina de creatividad, resistencia y lucha popular. Es allí, en lo político y no en lo económico —a pesar de todo lo que le debe el chavismo al petróleo—, donde reside la singularidad de la experiencia venezolana.

Con la desaceleración del crecimiento a nivel mundial a partir del 2008 y la caída posterior del precio de las commodities, el denominado ciclo progresista latinoamericano chocó de frente. Gracias a las limitaciones estructurales de las economías de la región y al agotamiento de oficialismos con una década larga en el poder, el frenazo económico se convirtió rápidamente en una crisis política. La oportunidad fue inmejorable para lanzar una contraofensiva neoliberal que ya lleva dos años y obliga a repensar los últimos quince.

Se pueden identificar, en la izquierda, tres diagnósticos distintos sobre el proyecto bolivariano, posiciones que recientemente se han radicalizado como resultado del recrudecimiento de la violencia y la crisis económica, política y social que atraviesa Venezuela; esa sensación inminente de que allí algo “está a punto de cambiar”.

Según estas diferentes miradas, el chavismo puede ser: (1) una experiencia popular que aún tiene tela por cortar; (2) un proceso rentístico y autoritario controlado por una nueva burguesía asociada al Estado; (3) otra confirmación de que las categorías tradicionales no sirven para imaginar proyectos emancipadores.

Entre aquellos que adscriben al primer diagnóstico, aunque desde diferentes posiciones, podemos encontrar a Claudio Katz, Modesto Emilio Guerrero y Atilio Borón.

“La propuesta del autonomismo a nivel estratégico es interesante y atrevida, y empuja hacia delante la teoría y la praxis revolucionarias. Pero, como siempre, tropieza con el problema táctico, el dilema de cómo resolver la transición”.

Estos intelectuales destacan lo popular del chavismo, su fuerte contenido antiimperialista y advierten que la oposición día a día se viene “fascistizando”. No porque quienes impugnen al chavismo sean fascistas, sino porque un sector violento y radicalizado ha colonizado el espacio opositor: una minoría intensa apoyada por Estados Unidos que busca sembrar el caos en las calles para disputar territorialmente el poder y llevar a cabo un golpe de Estado.

Por esa razón, Borón y otros llaman la atención sobre la sorprendente organización y logística que manejan los grupos de choque opositores pertrechados para la guerra, la radicalización de las guarimbas, los ataques sobre objetivos estratégicos, el intento de creación de territorios liberados del control del Estado y el asesinato deliberado de militantes chavistas.

Este grupo critica poco al gobierno, aunque reconoce su torpeza, ineficacia y estancamiento e incluso el retroceso que ha tenido en algunos de los frentes de lucha. Pero, en cualquier caso, no deja de caracterizarlo como popular y revolucionario, y advierte que la caída de Maduro significaría entregar el poder a una derecha impaciente por enterrar a sangre y fuego la experiencia chavista: Venezuela sería uno de los últimos bastiones de la resistencia a la ola conservadora que baña las aguas del continente.

La convocatoria que hizo Maduro a una Constituyente comunal es interpretada como una posible y definitiva radicalización del chavismo que llega tarde —en sus últimos años Chávez se refirió a la necesidad de avanzar hacia un Estado comunal—, tal vez demasiado tarde, pero que al fin llega. Guerrero define a la Constituyente como “una novedad (que) confirma que la democracia política tiene más formas de manifestarse que los fetiches conocidos”i: una salida para terminar con la violencia callejera y evitar la guerra civil que se avizora en el horizonte.

El interrogante es si, tras años de caos, desabastecimiento, desmoralización y deserción de la base chavista, el oficialismo tendrá espalda suficiente para llevar adelante este proceso. Y en caso de que la tenga, si efectivamente significará un cambio en las reglas de juego: aniquilar la corrupción, nacionalizar la banca y el comercio exterior, y garantizar el empoderamiento comunal. O si solo será un manotazo de ahogado, más bien discursivo, de un presidente acorralado para sostenerse en el poder.

Entre quienes no ven nada de revolucionario en el chavismo, hay un heterogéneo grupo de pensadores como Roberto Gargarella, Maristella Svampa y Edgardo Lander y, con algunas diferencias de diagnóstico, gran parte de los intelectuales orgánicos del trotskismo latinoamericano. Este grupo advierte sobre la existencia de un gobierno burgués y cada vez más autoritario que se niega a aceptar que ha perdido el apoyo popular.

¿Puede decirse sin repetir y sin soplar que los dos poderes que hoy se enfrentan en Venezuela representan a los mismos sectores sociales, persiguen los mismos sueños?”

La idea fundamental, que también se ha utilizado en otras ocasiones para referirse a gobiernos como el de Evo Morales o el del ex presidente ecuatoriano Rafael Correa, es que el oficialismo venezolano utiliza un lenguaje de izquierda pero no tiene absolutamente nada que ver con la izquierda. El poder lo detenta la alianza entre un corrupto grupo gobernante cada vez más recostado sobre su pata militar y una burguesía nueva, la boliburguesía, que aprovecha los negocios con el Estado para obtener jugosas rentas, especialmente en lo que respecta al petróleo.

Para algunos de estos pensadores, la democracia en Venezuela se ha ido debilitando —el freno al referendo revocatorio de Maduro y el no llamado a elecciones serían ejemplos— al igual que el respeto por los derechos humanos. El principal responsable del desastre económico y el incremento de la violencia callejera sería el oficialismo, y la Constituyente un último intento inconstitucional del Ejecutivo para consolidar y concentrar su dominio desconociendo a otros poderes del Estado, como la Asamblea Nacional.

Svampa y Gargarella, siguiendo a Lander, afirman que “se han acentuado los peores rasgos que estaban presentes en Chávez, mientras han desaparecido aquellos otros elementos positivos de aquel gobierno, que apuntaban a un empoderamiento de las organizaciones sociales y de la democracia participativa” y argumentan que el “apoyo incondicional” de las izquierdas latinoamericanas es un error porque ha contribuido a retroalimentar ese procesoii.

El tercer grupo es heredero de las posiciones del autonomismo, uno de cuyos principales referentes teóricos es Raúl Zibechi. Desde una posición más radical y muy influenciado por la experiencia zapatista, este autor plantea que las categorías tradicionales de izquierda y derecha ya no son explicativas, porque no hay diferencias entre ambas en su lucha compulsiva y corrupta por ocupar el poder.

Para Zibechi, lo que ocurre en Venezuela es una “lucha sin cuartel entre una burguesía conservadora que fue apartada del control del aparato estatal, aunque mantiene lazos con el Estado actual, y una burguesía emergente que utiliza al Estado como palanca de ‘acumulación originaria’”iii, en la que ninguno de los dos grupos en pugna representa los intereses de las mayorías desfavorecidas.

Como la nueva sociedad “abajo y a la izquierda” que propone el autonomismo se construye con la transformación cotidiana de los sujetos y no mediante la toma del poder, la noción de Estado queda aquí totalmente obsoleta. Hay también fuertes críticas al extractivismo, como forma de promover el desarrollo en países como los latinoamericanos, porque representa la máxima expresión del capitalismo avanzado: en su sed voraz por obtener ganancias no tiene pruritos en hipotecar el medioambiente y la salud de las poblaciones humanas.

¿Es factible reducir el proceso bolivariano, así nomás, de un plumazo, al autoritarismo de una nueva burguesía que vendría a ser igual a todo lo otro que hubo antes?

La propuesta del autonomismo a nivel estratégico es interesante y atrevida, y empuja hacia delante la teoría y la praxis revolucionarias. Pero, como siempre, tropieza con el problema táctico, el dilema de cómo resolver la transición. ¿Qué hacemos, ahora, con este enorme pantanal que es Venezuela? ¿En qué lugar ético-político nos paramos?

Para responder esta pregunta, cabe hacerse antes muchas otras.

Si se conviene en que, independientemente de su derrotero, la experiencia bolivariana ha calado hondo en las clases populares de ese país y en el imaginario colectivo de resistencia de toda América Latina; si con sus blancos, grises y negros ha sido uno de los procesos populares más relevantes de las últimas décadas, entonces, ¿es factible reducirla, así nomás, de un plumazo, al autoritarismo de una nueva burguesía que vendría a ser igual a todo lo otro que hubo antes?

Si toda quimera emancipatoria jamás ocurre en una sola dirección; si se avanza, se frena, se retrocede, se yerra, se pierde, se agotan las fuerzas; si incluso hoy, a punto de romperse la cuerda, brotan aquí y allá en Venezuela experiencias de participación popular, de imaginación colectiva, entonces, ¿vale, frente a esas tentativas desesperadas, salir en defensa dogmática del único modelo de democracia que la burguesía considera aceptable?

Después de años de vapuleo económico, desabastecimiento de alimentos, medicinas e insumos básicos, boicot sistemático de la oposición y de una interminable letanía de incapacidades en el oficialismo, ¿resulta lícito argumentar que el chavismo aún se sostiene en el poder solamente porque a fin de mes asegura una buena paga a los militares?

Si la experiencia venezolana ha sido, con sus equivocaciones, más radical que cualquiera de las otras experiencias latinoamericanas progresistas o de centro izquierda del nuevo milenio, ¿no llama ni siquiera un poquito la atención que ahora, justo ahora, esté atravesando también la crisis más radical del continente?

Si esa generalidad que llamamos izquierda se supone capaz de distinguir entre aquellos proyectos que luchan contra la desigualdad y aquellos que hacen lo posible por ensancharla, entonces, ¿puede decirse sin repetir y sin soplar que los dos poderes que hoy se enfrentan en Venezuela representan a los mismos sectores sociales, persiguen los mismos sueños?

A lo largo del siglo pasado, con una y mil invasiones, chantajes y asesinatos, Estados Unidos demostró el tipo de vínculo que aspira a sostener con su patio trasero y latinoamericano. ¿Se puede reducir su intrusión, su financiamiento de la oposición venezolana, a dos líneas de texto, solo porque el oficialismo abusa de la retórica antiimperialista y ve complots hasta en el arroz con leche?

El chavismo tuvo menos glamour y menos épica que las aventuras imposibles de veinte barbudos caminando por la Sierra Maestra; comenzó sin guerras frías, sin bandos para elegir, sin paraguas colorados bajo los cuales guarecerse. ¿No habría que meditar un poco antes de convertirlo de pronto en historia, de pulverizar lo poco o mucho que tiene o tuvo de transformador?

A Cuba le hemos hecho cien, mil, diez mil críticas pero nunca dudamos en ponerla de nuestro lado de la historia; si todo eso, entonces: ¿qué vamos a decir, hoy, en su hora más crítica, acerca de la experiencia bolivariana?

Notas:
i Guerrero, Modesto Emilio. “La última opción del penúltimo Maduro”. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/43247-la-ultima-opcion-del-penultimo-maduro.
ii Svampa, Maristella y Gargarella, Roberto. “El desafío de la izquierda, no callar”. Disponible en https://www.pagina12.com.ar/36336-encrucijada-venezolana.
iii Zibechi, Raúl. “Cuando la izquierda es el problema”. Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225420.
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