La Paz, desde Satori Vendiendo relojes

Vendiendo relojes

Y ahí está, el señor tiempo, pasando, recorriendo, corriendo, volando, transitando… todo menos estar quieto. Esa flecha que llamamos tiempo, que apunta siempre – al parecer – hacia adelante. Eso que perdemos cada día en nuestras vidas. Y que repartimos en pedazos, cuasi insignificantes, y se los entregamos al trabajo, al estudio, a las preocupaciones, a las planificaciones, a la familia, a las personas que amamos, que odiamos, que amamos pero decimos que odiamos, etc.

Lo que pasa es que, otrora, los sostenes de este mundo, le tuvieron celos a la eternidad del hombre e impusieron en la fragilidad de su conciencia la «división del tiempo». Y lo dividieron en años, en meses, en días, en horas, en minutos, en segundos, microsegundos, en «chan chan», en «a y b», en «de una» y otro tipo de vernaculares voces, propias del hombre y la fragilidad de su conciencia.

Celo de los sostenes de este mundo, que nos quitó la eternidad. Ah, pero no pudo hacerlo por completo, pues le fué, le es y le será, imposible dividir el «ahora», el «presente», el «now», el «jichaja» y el «ahuritita».

¿Cómo se logra ingresar en el ahora?. Fácil, como toda sorpresa amerita: Cierras los ojos, empiezas a sentir cada parte de tu cuerpo, todo, absolutamente todo, la punta de tus dedos, el borde de tus orejas, de tu nariz, tus ojos, tus mejillas, brazos, piernas, penes, vaginas, rodillas, culo, estómago, tobillo, codos, lengua todo, absolutamente todo. Y abres los ojos, fácil, desviaste toda tu atención hacia ti y te olvidaste del resto. Esos segundos, que pasarán hasta que regresen tus preocupaciones cotidianas, se llaman la «eternidad». Sólo depende de ti disfrutarlos.

(Es mucho mejor hacer el proceso, frente a una persona, que sonríe, como el digno caballero de los relojes, que hace tiempo me encontré en la Feria 16 de Julio)

Pequeña La Paz
Vendiendo jugo