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«Muchos lo votaron por boludos»

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Bersuit Vergarabat, la banda que supo interpretar mejor que ninguna otra la crisis del 2001, sale a la cancha con un nuevo disco: “La nube rosa”.

Fotografía: Dina Cantoni

La Bersuit en tiempos de nube rosa

Es jueves a la tarde y un gris ceniza cubre el cielo de Buenos Aires. Hace frío y en una mesa de algún bar de algún barrio porteño un grabador se enciende. En realidad son dos. Se encienden los dos grabadores y, frente a ellos, Juan Subirá y Carlos Martín, tecladista y baterista de Bersuit Vergarabat, se sacan el cassette.

Uno podría decir que La revuelta fue la resurrección y que en El baile interior quisieron experimentar nuevos rumbos… ¿Qué papel ocupa La nube rosa?

Carlos Martín: Siempre hay una experimentación. Tiene que ver con reafirmar el momento en el que estamos, con el porqué estamos y el cómo llegamos acá. Los motivos y las ganas para hacer canciones nuevas siguen estando intactos, indeteriorables, aún con las bajas que se sabe que tuvimos y con las cuestiones complejas de un grupo humano con tantos años. Lo que nos une sigue siendo lo mismo: las ganas de llevar nuestra música, el compartir esa consonancia, esa armonía.

“Los motivos y las ganas para hacer canciones nuevas siguen estando intactos, indeteriorables”.

Algunos han destacado cierta similitud de La nube rosa con Don leopardo, tercer álbum de la banda. ¿Coinciden?

Juan Subirá: Creo que es un disco que tiene mucho consenso dentro del grupo, que en general nos gusta y nos dejó muy conformes a todos los integrantes. Don Leopardo es un disco muy particular, totalmente conceptual, concebido casi enteramente por Gustavo y por mí en un viaje medio místico. Y punto, por otro lado, es fruto del nacimiento de la banda. Si lo tuviese que comparar con algún disco lo haría con Libertinaje, por la frescura. Es la energía que traen las canciones desde su nacimiento: nacieron así y nosotros al comenzar a instrumentarlas procuramos mejorarlas todo lo posible, que ganen fuerza. Y después, en el disco, todavía más.

¿Qué implica para la banda la presentación de un disco nuevo?

CM: Lo mejor es presentar las canciones nuevas. Venimos ensayando muchísimo, con muchas ganas de tocarlas frente al público y ya las tenemos muy en lista para compartirlas con la gente y ver cómo reacciona. Es una satisfacción personal poder decir: “Tenemos trece canciones nuevas y vamos a defender las trece”. Ponerlas sobre la mesa es un momento importante. Como cuando presentas el disco: es una obra completa que tiene portada, contenido, una continuidad; hacer eso en vivo es una gran alegría.

¿Cómo es el proceso de producción de una canción?

CM: Hay distintas vertientes. La personal: aquellas que cada uno hace en su casa, las trae ya hechas y nosotros tratamos de vestirlas de la mejor manera acorde a lo que somos. Hay otras en las que uno tiene una letra y se la pasa a otro para que ponga la música, o viceversa. El otro afluente que a mí me gusta son las improvisaciones colectivas. En este último disco no hay, pero sí hay composiciones conjuntas, por ejemplo “Aquí estamos”. A veces, la canción que le gusta a uno no cuadra del todo en la propuesta musical del momento. De todos esos aportes de composiciones, que en este disco fueron alrededor de 50, elegimos las canciones que más nos gustaron y, por suerte, hubo unanimidad, no hubo grandes diferencias. Por eso este disco es bastante representativo del actual momento de la banda.

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Las letras de Cordera solista se volvieron mucho más personales e introspectivas.  ¿Qué cambió en la manera de componer de la nueva formación de Bersuit?

JS: Hay una cosa concreta y es que justamente no está el aporte de Gustavo, un compositor por naturaleza que en Bersuit tiene una incidencia a través de la historia que es impresionante, con canciones muy importantes y populares, algunas que él hizo solo y otras en grupo. Creo que eso necesariamente plantea un antes y un después. Nosotros seguimos trabajando en los mismos ejes musicales y literarios que trabajamos históricamente, apelando a la espontaneidad, a las cosas que se nos van ocurriendo, junto a los aportes individuales que dependen de los momentos de cada uno y a lo grupal, que es testimonio de los momentos del conjunto.

“Es un disco que no tiene canciones de relleno; todo tiene un sentido. No buscamos en ningún momento repetir fórmulas ni viejos y épicos tiempos”.

¿Qué canción de La nube rosa representa el momento actual de Bersuit?

JS: Una canción que representa muy bien a la banda hoy es “Aquí estamos”.

CM: No podría elegir una, sino por lo menos tres o cuatro. “La nube rosa” y “Obstinato” entran dentro de este esquema. Es un disco que no tiene canciones de relleno; todo tiene un sentido. No buscamos en ningún momento repetir fórmulas ni viejos y épicos tiempos. Tratamos de refrescarnos, renovarnos, rehacer las fórmulas, si es que hay alguna. Lo contrario no nos satisface como músicos y tampoco creo que guste escuchar más de lo mismo, una versión copiada. Puede ser que haya algún paralelismo con trabajos anteriores, pero lo más veraz y honesto posible. Vamos a ser siempre quienes somos porque no podemos ser otros. Una frase puntual sería: “Vamos por más”; como banda siempre redoblamos la apuesta y este disco representa eso, está bien dicho en la canción. No nos vamos a quedar con los laureles del ayer, ni con la historia, ni con las conquistas. Hay que hacer todos los días algo para tener una pequeña conquista diaria, aportando al proyecto, a la música, al compartir.

¿Entonces hay Bersuit para rato?

JS:  Uno como artista piensa que va a tocar toda la vida. Porque le gusta lo que hace, porque nosotros comenzamos a hacer esto jugando a que éramos músicos y ese juego se convirtió en realidad. ¿Qué te puede ocurrir en la vida mejor que esto?

CM: Es un agradecimiento muy grande el que tenemos, por haber abrazado está profesión y haber sobrevivido, por seguir pisando escenarios y que siempre haya alguien del otro lado escuchándonos. Eso no se le da a todos: muchos seguramente quedaron en el camino, otros quizás ni lo intentaron… Nosotros, la verdad, tuvimos mucha suerte. Entonces, como agradecimiento, qué menos que brindarnos por completo a esto que es tan hermoso.

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La argentinidad en tiempo de Macri

El 15 de Marzo de 2004 salió La argentinidad al palo y con él una crónica perfecta de la Argentina que hoy, 12 años más tarde, se encuentra más vigente que nunca. Más de una década después de aquel mítico disco. ¿Cómo nace la idea de “argentinidad”?

JS: El concepto de la argentinidad es un concepto que nació en las giras. Ahora nos vamos a hacer inversiones en Estados Unidos (risas). Históricamente somos una banda de viajar mucho, tanto por el país como, a partir del 99’, por el mundo. Nos gusta, aunque hoy hacemos giras más cortas: ahora tenemos una gira de 15 días con muchos shows pero todo comprimido; antes quizás llegábamos a girar dos meses pero ya no lo hacemos más, por razones familiares y demás. La argentinidad nace en ese ida y vuelta de encontrarnos con un montón de amigos, con gente que te contaba cosas e historias. ¡En el culo del mundo te encontrás un argentino!

CM: Las giras te dan otra perspectiva del mundo. Jugábamos a eso: veíamos venir a uno y decíamos: “Ese es argentino”. Y era argentino; te dabas cuenta por la forma de hablar, de moverse. Era una época en que había muchos argentinos en el exterior. Después, por suerte, volvieron. Ahora capaz que se vuelven a ir.

“El actual es un Estado que solo busca la rentabilidad sin tener en cuenta un montón de parámetros sociales”.

¿Y cómo lo ven hoy?

JS: Para nosotros el concepto de argentinidad fue tratar de descubrir un poco la identidad nacional. Pero lo pensamos más como una parodia de lo que somos, de lo que nosotros nos creemos que somos, mezclando defectos y virtudes. Creo que el gran resumen de eso es: “Del éxtasis a la agonía”.

CM: “Podemos ser lo mejor como también lo peor”, los más corruptos como también los más solidarios. Una vez nos encontramos con un español que, caminando por La Rambla, nos decía: “Ustedes son un pueblo fascinante, en Argentina todos los días hay noticias”. Le entusiasmaba que seamos tan extremos. Y es verdad: somos muy pasionales y seguiremos siéndolo mientras el corazón aguante.

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Bersuit siempre se mostró cercana al proyecto kirchnerista. ¿Cómo viven este cambio de gobierno?

JS: En general tuvimos bastantes coincidencias, obviamente también diferencias, pero es verdad que estuvimos cercanos y apoyamos en un montón de aspectos, tocamos en actos… Se vive con tristeza y preocupación por todo lo que se está perdiendo en muy poco tiempo; la tremenda incertidumbre. El actual es un Estado que solo busca la rentabilidad sin tener en cuenta un montón de parámetros sociales, por lo cual todo lo que se ve venir es bastante oscuro. Nada que sorprenda del neoliberalismo ya que siempre fue así. La gente votó esto, solamente que algunos lo votaron de manera consciente y me parece que muchos lo votaron por boludos.

“Enfrente hay un aparato de difusión monstruoso, un comecabezas formado por todos los medios de difusión: radio, televisión, diarios… ¡Es la patria financiera volviendo a reinar!”.

¿Qué creen que faltó?

JS: En primer lugar, enfrente hay un aparato de difusión monstruoso, un comecabezas formado por todos los medios de difusión: radio, televisión, diarios… ¡Es la patria financiera volviendo a reinar!

CM: Faltaron dos puntitos porque sino la ecuación cambiaba. No lo puedo explicar y me desorienta este cambio que se hizo por un cheque en blanco: por cien volando y no por pájaro en mano. Me desorienta la sociedad argentina, realmente me despista. Pero es la democracia, hay que respetar las alternancias de poder aunque yo pensaba que algunas cosas ya las habíamos aprendido. Parece que no. Hay que seguir luchando por una sociedad más justa, más equitativa, con igualdad de oportunidades. Volver al concepto de “la patria es el otro” porque ahora “la patria es el bolsillo” y los demás que se caguen. Es el capitalismo en su forma más salvaje y despiadada. No creo que todo esto traiga nada bueno para la sociedad en su conjunto.

¿Qué cambios ven a nivel cultural?

CM: Creo que va a haber una vuelta a lo alternativo porque cada vez es mayor la premasticación de los medios. Canales de noticias, canales de entretenimiento; está todo premasticado y digerido, entonces no hay vías alternativas para llegar a otras cosas. Me parece que van a proliferar vías alternativas para los artistas que no cuadran dentro de esos cánones.

¿Cuál es el rol del artista en este contexto?

CM: El arte debe resistir. Debe resistir a todas las injusticias que se presenten, ya sean de índole social, económica… cualquier cosa que veamos que está mal y que se puede mejorar. Porque lo otro es la resignación.

JS: Nosotros siempre tuvimos una posición muy clara: toda la década menemista estuvimos en la vereda de enfrente y al principio nos costó un cierto aislamiento, porque estábamos contra la corriente. Ahora se siente algo similar si bien la sociedad está mucho más dividida. En general, desde el rock hay una mirada crítica. Pero hay de todo. En este disco no hay referencias muy concretas porque se compuso antes.

CM: ¡Por suerte también existen las canciones de amor!

TEMERARIO JOE

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De Ali lo sabemos casi todo. Pero casi nada del hombre que contra él libró el combate más duro de la historia. Joe Frazier, el gigante olvidado.

Ilustración: Gustavo de Tanti – www.neocles.com.ar

Somos animales. ¿No? Somos el final de una cadena que salió del mar. Somos un final contiguo a otro final. Pero seguimos teniendo esa fibra interior de los animales. Querer ver a dos personas luchar, es una cualidad animal. Las guerras se libran así. Y el boxeo es un deporte que se basa en una premisa básica; «voy a hacerte daño». La Thrilla de Manila, fue la contienda más importante de todos los tiempos. Fue el tercer y último reto entre Joe Frazier y Muhammad Ali. Jamás hubo dos tipos tan determinantes luchando uno contra otro arriba y debajo de un ring. En Manila, Ali y Frazier no luchaban por el campeonato del mundo de los pesos pesados. La verdad es que luchaban por el campeonato de los pesos pesados, entre ellos dos. Esos dos hombres se detestaban. Un odio personal nacido de la explosiva política racial de los Estados Unidos de los años 70. Y varios años de animosidad que se enquistaron entre estos dos campeones de la máxima categoría. En Manila, llegaron al límite. El límite de la condición humana en quince asaltos. Los mejores pesos pesados, saben perfectamente de qué se trata. Cada uno de ellos, han pasado literalmente por ese infierno.

Casi cuarenta años después de Manila, el legendario «Smoking», Joe Frazier, siguió en el gimnasio donde se entrenó para su brutal batalla con Muhammad Ali. En Filadelfia, la ciudad del amor fraternal. Incluso vivía ahí, en una pequeña habitación final que llamaba sin ironías; la mazmorra. Frazier pudo haberse retirado de todo, con un puñado gordo de dólares que le permitieran vivir relajado el resto de sus días. No lo hizo. Siguió la contienda desde otro lugar. Tampoco logró apartarse del boxeo. A los 63 años seguía entrenando luchadores junto a su hijo Marvis. Las paredes de su gimnasio son una exposición de su glorioso pasado como campeón mundial de los pesos pesados. Imágenes gigantes de su carrera lo decoraban todo. Podría haber sido el mejor peso pesado de todos los tiempos de no haber sido por un hombre: Muhammad Ali. En el ring, Joe Frazier y Muhammad Ali, eran iguales. Pero actualmente Ali ha vendido el 80 por ciento de los patrocinios comerciales de su nombre y su imagen por 50 millones de dólares. Joe vivía en una habitación trasera de su gimnasio en Filadelfia, esa misma que lo vio crecer. Filadelfia, la ciudad del amor fraterno. Este es un fascinante ejemplo de cómo Estados Unidos trata a sus íconos deportivos. A algunos se les concede un estatus especial y a otros, se los barre como basura junto al olvido. El gimnasio de Joe Frazier está escondido entre las deterioradas vías del norte de Filadelfia, una zona conocida como «The Bad Lands». Las malas tierras. Un Estados Unidos invisible, necesitado, desprovisto e ignorado. Joe Frazier es la historia del otro hombre en Manila. Un hombre incapaz de olvidar la rivalidad deportiva más amarga e intensa que se ha visto nunca.

En el espacio de cuatro años, a principio de los 70, Ali y Frazier libraron una trilogía de combates épicos que son famosos en la historia del boxeo. Muhammad Ali, es conocido en todo el mundo. Pero lo que el mundo no sabe completamente, es que Alí provocó una disputa sangrienta con Joe Frazier por la que Frazier cree que Ali, paga ahora un precio eterno. Un temblor que mueve los cimientos de la historia. Una marca indeleble de lo que hacés cuando eres joven y vuelve para morderte en el culo. Dios toma nota de todo.

«El campeón de boca grande sabía perfectamente que Frazier pegaba de un modo temerario. Y que luego de experimentar eso, las regiones periféricas de su ego, ya no servirían de nada».

Muhammad Ali llegó a Manila dos semanas antes del combate. Y como de costumbre, hizo una entrada resonante. Terminaba de recobrar el título de los pesos pesados al derrotar a George Foreman en Zaire, con claridad, en el octavo asalto. Cientos de aficionados y medios de comunicación recibieron al hombre más famoso del planeta. Ali era la estrella del espectáculo. No había ninguna duda. El vuelo de Honolulu que lo llevaba hasta Manila, se retrasó intencionalmente para que los medios de comunicación pudieran cubrir en directo su llegada. Frazier ─por desgracia para él─, llegó a una hora inoportuna. No había nadie para darle la bienvenida que merecía. Probablemente Joe Frazier sintiera que aquello no le hacía mella, en lo absoluto. No era cierto. La pelea se realiza para cubrir las espaldas del dictador de Manila. No había que preocuparse ni promulgar la revolución que se estaba gestando, ni en el hambre que pasaban los ciudadanos. Los boxeadores llegaron a un país que se derrumbaba a pedazos. Y los rebeldes comunistas se habían alzado contra la extravagante y corrupta dictadura del régimen de Marcos. En cuanto llegó Ali, todo el mundo dejó de enfrentarse, abandonaron las armas y se acercaron para verlo actuar. Dicen que los combates suelen celebrarse donde se necesitan. El presidente Marcos quería demostrarle al mundo que un gobierno marcial, no era tan malo como podía parecer. Así que era finalmente una exhibición para él y su séquito. Y por supuesto para la primera dama; la señora Marcos. La lucha le dio la posibilidad a Imelda Marcos para decir que su lugar de residencia, no era un caótico país del tercer mundo. Sino una importante nación del orden mundial. Imelda Marcos poseía una riqueza incalculable. El dinero suficiente para ostentar a Muhammad Ali de anfitrión ante los ojos del planeta. La mejor opción en patrocinio del dictador para ofrecer la atención mundial.

Se barajan varias cifras sobre lo que costó el combate de Filipinas. Algunos dicen que fueron 10 millones de dólares. Se decía que Alí, había recibido 6 millones de dólares en carácter de estrella. Y que el escolta, Joe Frazier, solo la mitad del resto de la bolsa. Mientras, se agigantaba el recelo que había entre ellos. Ali trataba a Frazier con un desprecio abierto e incluso se exhibió en su primer entrenamiento posando como un gorila ante las cámaras. Todo un gesto teatral que ocultaba las intenciones más siniestras. Ali creía que Joe Frazier era inferior. No únicamente como boxeador, sino también como ser humano. «Los boxeadores como Joe Frazier no tienen imaginación», expresaba. «Es solo una nariz chata», «un feo perro faldero», «no es un atleta», «no sabe hablar de nada y no escribe poemas». Y se acercó a la cámara y dijo a los ojos del mundo: «La pelea entre el gorila y yo, será lo más parecido a la muerte que verán nunca». Acaso el miedo de Ali aparecía bajo el velo del exorcismo. Solo, y nada menos, se trataba de un combate entre él y el hombre más incansable y esforzado del planeta: Joe Frazier. Sin nadie en el medio. Y ese era su problema. Frazier era el mojón de las bromas, el negro de periferia que alimentaba los placeres de los blancos conservadores. El Tío Tom bajo el bautizo de Ali. Y también el primer hombre en sacarle el invicto y enviarlo a la lona. El campeón de boca grande sabía perfectamente que Frazier pegaba de un modo temerario. Y que luego de experimentar eso, las regiones periféricas de su ego, ya no servirían de nada. Ser un provocador puede ser divertido, porque los hombres provocadores se condenan a vivir por sus triunfos y a sobrellevar sus humillaciones. Y como bien saben los que cargan el madero en cruz; Dios toma nota de todo.

Roque Dalton: la poesía por asalto

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Hace 41 años asesinaban a uno de los mejores y más comprometidos poetas latinoamericanos. Patricia Morante lee varios de sus poemas.

El escritor Tirso Canales señaló cuatro etapas en la obra de Roque Dalton (San Salvador, 14 de mayo de 1935; asesinado por una fracción ultraizquierdista del Ejército Revolucionario del Pueblo, organización a la que pertenecía, el 10 de mayo de 1975, por orden de Joaquín Villalobos).

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La primera, de caracteres más románticos y juveniles. La segunda –la de la década del 60– más relacionada con la renovación histórica del lenguaje y la filiación con su generación (La ventana en el rostro; El mar; El turno del ofendido; Los testimonios, Los pequeños infiernos, Historias prohibidas del Pulgarcito y Pobrecito poeta que era yo). La tercera (Taberna y otros lugares; La revolución en la revolución; Caminando y cantando, entre otras) más ideologizada “antipartido”. Y La Cuarta, señalada por la clandestinidad y, por lo tanto, dada en “circunstancias creativas que la convierten en poesía vívida y sentida en condiciones específicas de urgencias y militancias políticas”.

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Nosotras y nosotros, que también estudiamos la obra de Roque Dalton pero nos dedicamos sobre todo a disfrutarla, a más de cuarenta años de su asesinato, consideramos imprescindible difundirla, ya que su concepción poética contiene vivos los elementos de su estética vital-revolucionaria. Su poesía fue, es y será el deslumbramiento que le hizo conjugar corazón e inteligencia. A través de ella profundizó en los problemas del pueblo.

Por todo eso le rendimos homenaje al poeta y a su obra, que representa el propio camino de su práctica insurrecta.

 

El existir que no quiere ser ensuciado

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Hace 86 años nacía uno de los escritores más lúcidos del siglo XX. Festejamos el cumpleaños de Juan Gelman leyendo algunas de sus poesías.

Poesías y texto: Juan Gelman
Lee: Damián Espinosa

Confianzas. Juan Gelman

«Cada poema de Gelman es un tejido orgánico donde el último verso ilumina al primero, y el primero le confiere su densidad al último. En él sólo ocasionalmente hay mensajes, las afirmaciones que unen la esperanza y la desesperanza, pero sí se multiplican las señales, las frases inconclusas, los silencios a modo de síntesis y una larga conversación consigo mismo, donde el hipócrita lector es su hermano pero no su cómplice».

Carlos Monsiváis

Una mujer y un hombre. Juan Gelman

Tanta. Juan Gelman

Spain Cervantes Price

«Él, al que podría llamársele en algunos textos ‘biógrafo de las alegorías’, es un narrador austero y entrecortado, y es también un indagador metafísico, (‘¿Tanto dolor que no se entiende es como/ tanto amor sin entender?/’), un evocador de trayectorias que nacieron epitafios, y de epitafios que profetizaron vidas como ‘sueños derrotados’, un poema ferozmente político, un poeta del amor como la ecología del mundo, un seguidor del parto inacabable de las tradiciones, un ‘dilapidador de Dios’, ese poder absoluto armado de limitaciones, un seleccionador de fragmentos del diálogo entre el alma corpórea y el cuerpo espiritual».

Carlos Monsiváis

El infierno verdadero. Juan Gelman

Final. Juan Gelman

Un poco más humano

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Osvaldo Bayer es una leyenda viva. Detrás de él, sin embargo, hay historias que no se mencionan en sus entrevistas típicas. Federico Acosta Rainis quiso bucear en ellas.
Fotos Ariel Vicchiarino

—Estaba convencido de que llegábamos a las elecciones— le dice furioso al colega del diario Clarín sentado del otro lado de una de las mesitas de la confitería El Molino, en Callao y Rivadavia —, pero estos hijos de puta no dan respiro.

Es abril o mayo de 1976 y hace unos meses Osvaldo Bayer volvió de Alemania, donde se exilió amenazado de muerte por la Triple A; volvió luego de que Isabel Perón decidiera adelantar para noviembre de ese mismo año los comicios que debían realizarse en 1977, con el objetivo de impedir el golpe. No alcanzó. Para regresar al país, el escritor se quiso dar un gusto y eligió el 18 de febrero, la fecha de su 49º cumpleaños. El regalo le duró poco y ahora piensa que deberá partir otra vez.

“En sus escritos hay una fe absoluta en los universos marginales, allí donde la vida brota, florece y se pudre con rapidez”.

Un camión militar que viene por Callao se detiene a pocos metros de la esquina, delante de una amplia librería. De la caja descubierta descienden una decena de soldados rasos y un teniente que no llega a los treinta años. Todos portan armas largas. Se ve que el ritual ya es cosa repetida porque el superior ni siquiera da la orden: un grupo se queda en la vereda vigilando y el resto entra al local, donde las mesas alargadas exhiben miles de ejemplares nuevos y usados.

Ocurre algo inédito. El teniente recorre pasillos y como nunca antes se apasiona por la literatura: Benedetti, Portantiero, Galeano, Bakunin, Viñas, Freire, Neruda, Puig, Fromm, Bornemann. Y también por el Severino di Giovanni del propio Bayer, que ante el pequeño revuelo de curiosos que se armó en la vereda de enfrente, apura el café y se acerca, anónimo, a observar la cacería. El oficial señala “este, este, este” y los conscriptos reemplazan las armas por pilas de libros que vuelan por el aire y se estampan contra el piso de la caja del camión. La pila crece y crece, alguna que otra hoja se pierde por la avenida.

Bayer traga saliva y observa atónito la destrucción de la palabra, la muerte de la cultura; siente pena por los soldaditos que, luego, en algún cuartel, harán de todo aquello una enorme hoguera. Los transeúntes se aburren y vuelven a apurar su paso. El anarquista se queda pensando que un ejército que quema libros jamás puede ganar una guerra.

Biblioteca que pertenece a Osvaldo Bayer.

Osvaldo

Libros. Eso es lo que ha obsesionado durante toda su vida al viejo que, cuatro décadas más tarde, conversa conmigo en un living mal iluminado y plagado de objetos. La mayoría son libros. El living no es pequeño, pero la increíble cantidad de volúmenes achica todo a su paso: se acumulan en una biblioteca tan larga como el cuarto, en la mesa que está detrás del sofá, en montones que brotan aquí y allá. Y también recortes, pinturas, fotos, cuadros, dibujos, diplomas y un largo etcétera de cosas apoyadas en muebles o colgando de las paredes, que no parecen seguir orden ni lógica alguna.

Estamos en el Tugurio, el lugar en el mundo donde seis meses al año se refugia Osvaldo Bayer.

“Aunque Bayer imagina un futuro luminoso con ‘un movimiento que retome las ideas de socialismo y libertad, por fuera del capitalismo’, algo triste y desesperanzador revolotea como un murciélago en el living del Tugurio”.

La vivienda de Belgrano fue casa de la infancia, luego casa de reunión y debate con los amigos —Soriano, Viñas, Rozitchner, Cossa— y hoy es casa a la que cualquiera puede acercarse y, con algo de suerte, encontrar al irreversible libertario dispuesto a compartir una charla y saborear un vaso de whisky o de Campari. Alguno dirá que es de buena madera, su hija Ana opina que es por lo cabeza dura, pero a los ochenta y nueve Bayer todavía camina, proyecta y resiste, aunque cuente que a veces las entrevistas se le hacen demasiado largas.

—No me quejo; me gustan pero me cansan— aclara enseguida.

Hoy está impecable: pantalón de vestir caqui, camisa blanca perfectamente planchada, anteojos doblados en el bolsillo, zapatitos náuticos. El contraste con el desordenado escenario lo favorece y resalta aún más su prolijidad. En la cara, cuello y brazos se ven las manchas que acumulan los años y cerca de su muñeca izquierda asoma una curita que pareciera querer esconder.

Antes de investigarlo para la nota, de Bayer sabía lo básico: historiador, periodista y figura del anarquismo libertario, desde la época del exilio con un pie en Alemania y otro en Argentina, autor de La Patagonia Rebelde, referente en la lucha de los pueblos originarios. No había recorrido sus libros, ni conocía su biografía.

—Es una leyenda viva— sentenció el amigo que, cervezas de por medio, me recomendó la entrevista.

Cuando recuerda al Che Guevara, a quien conoció en La Habana en 1960, Osvaldo Bayer cuenta que el guerrillero tenía una capacidad innata para seducir: quienes lo escuchaban quedaban embobados con su figura. Los hombres que cargan con una larga historia de lucha apapachan: su voluntad es tan grande que pareciera inundar el aire circundante y doblegar el espíritu de quienes se hallan cerca. Con el anciano ocurre algo similar. Cuando responde las preguntas me clava sin piedad su mirada azul y me siento obligado a sostenerla, mientras pienso cómo hacer para, además, observar la escena y registrar algunos detalles.

—¿Qué es para usted el periodismo?

—Una profesión de las mejores. Uno tiene la responsabilidad de informar la verdad de lo que ocurre. A mi me fue muy mal en los diarios porque siempre busqué ese fin. Pero estoy muy contento porque conocí la ciudad, conocí a la gente, conocí a los obreros, conocí los distintos sectores de la sociedad. Me ayudó a tener un estilo muy claro que entiendan todos y no uno difícil que solo comprendan algunos intelectuales.

Una forma posible de definir a Bayer es como un viajero incurable con la maravillosa habilidad de sumergirse por completo en los mundos sociales más disímiles. Ese nomadismo que lo atraviesa fue doblemente forzado: por gobiernos y militares que lo amenazaron de muerte, y por su propia naturaleza de curioso tenaz que lo llevó a indagar por igual entre calles y bibliotecas, entre caseríos y ciudades, entre ciudadanos de a pie y autoridades.

El tipo hizo verdaderamente de todo: vivió y estudió en la penosa Alemania de la segunda posguerra; fue amigo de grandes como Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Eduardo Galeano; escapó por un pelo de los militares; denunció por toda Europa la tragedia de los desaparecidos; investigó, escribió, filmó, actuó; recorrió la Argentina dando conferencias, auspiciando charlas, impulsando campañas. Y asegura que no se arrepiente de nada, pero que tampoco logró demasiado.

—Porque el mundo sigue lleno de injusticias— remata con tristeza —, muchos han reconocido mi trabajo, pero el mundo sigue exactamente igual.

“Cuando dentro de unos días le confiese a su hija Ana que muchas de las entrevistas a su padre me resultaron parecidas, ella dirá: —Son todas iguales”.

Cuando dice “lleno” antes que en el todo piensa en la suma de las partes. Es que en sus escritos hay un culto a esas historias mínimas, casi anónimas, que atestiguan que existen mundologías otras que exceden por mucho a la monolítica historia oficial. Y también hay una fe absoluta en los universos marginales, allí donde la vida brota, florece y se pudre con rapidez, donde las mayorías abandonadas a su suerte, fusibles de la desigualdad social, se gastan los días casi sin darse cuenta, resistiendo ante fuerzas demasiado colosales, demasiado instituidas, demasiado incomprensibles. Bayer, entonces, junta denuncia y bronca y las combina con un enorme amor al ser humano. La contradicción se le nota a la legua: quiere aniquilar el sistema pero jamás podría empuñar un arma porque es un declarado pacifista.

Tal vez esa es la razón por la cual se ocupó de desagraviar en una minuciosa y extensa biografía al que bien podría ser su alter ego justiciero: Severino Di Giovanni, un italiano libertario que vino a parar a Buenos Aires en los veinte del siglo pasado y defendió con la pluma, a la vez que practicó con el ejemplo, el uso de la violencia individual como respuesta a la opresión del capital. Como a tantos otros, le fue mal: excluido por las corrientes legalistas del anarquismo y perseguido por el gobierno, el joven insurgente terminó frente a un pabellón de fusilamiento un mes antes de cumplir los treinta años, gritando “¡viva la anarquía!”. En su investigación, Bayer logró plasmar la pasión por la vida y la libertad que corría en las venas de Di Giovanni y rescatarlo del lugar oscuro que le había asignado el relato oficial.

El anarquismo supo ser un movimiento que nucleaba a millones de obreros en todo el planeta pero hoy tiene un sabor casi trasnochado: también en la batalla por el sentido son siempre los vencedores quienes imponen su perspectiva. El historiador cree que hay tres razones que explican la declinación del movimiento: la falta de medios y herramientas que enfrenta a la hora de difundir sus ideas, el aburguesamiento traicionero del gremialismo y, en nuestro país, un peronismo que “con sus disposiciones terminó con la izquierda”.

Osvaldo Bayer

Ana

Cuando llega de la calle su hija Ana y nos saluda con un gesto silencioso antes de retirarse al patio, ya hace media hora que el viejo habla con su voz lenta y profunda. Del pasado, del presente y del futuro, del poder de los medios, de Rodolfo Walsh, del exilio, de los pueblos originarios, de cómo fue cambiando el barrio de Belgrano.

Aunque Bayer imagina un futuro luminoso con “un movimiento que retome las ideas de socialismo y libertad, por fuera del capitalismo”, algo triste y desesperanzador revolotea como un murciélago en el living del Tugurio. Porque está lúcido, sí, pero chasquea la lengua con un tic involuntario, recurre a frases cortas, repite ideas y, para plantársele porfiado a la memoria, se refugia en anécdotas que ya ha contado decenas y decenas de veces. Cuando dentro de unos días le confiese a Ana que muchas de las entrevistas a su padre me resultaron parecidas, ella dirá:

—Son todas iguales. Un poco porque siempre le hacen las mismas preguntas, y otro poco porque él tiene dos o tres battute (en italiano: frases hechas) y las va diciendo. Nosotros lo cargábamos: cuando íbamos a alguna reunión mi mamá Marlies decía: “Vamos por la quinta, ahora viene la sexta”. Porque él iba a contar la sexta anécdota, y después la séptima, y después la octava. Y ahí terminaba.

Ana es la más chica y la única mujer de los cuatro descendientes de Bayer. Profesora de danzas y artista multifacética, desde hace una buena cantidad de años vive en Treviso, una ciudad del norte de Italia pero viaja con frecuencia para visitar a su papá.

“—Mi vieja siempre se calló –dice Ana. Nunca quiso decir las cosas que le hicieron mal para no perjudicar el trabajo de mi papá. A veces yo no tengo ganas de callarme”.

La pegajosa tarde que nos juntamos en una plaza a pocas cuadras del Tugurio, viste sencillo: camisola flojita azul, pantalones blancos, hawaianas rojas. Me pregunta para qué voy a usar la grabación porque dice que no le gusta su propia voz. Es el dejo italiano que se le cuela en el acento y le recuerda que, como todo inmigrante, carga con preguntas que jamás van a tener una respuesta definitiva: a qué lugar pertenece, cuáles son sus raíces, qué hubiera pasado si.

La hija suspira; hoy está enojada con el padre. Ella dice po-dri-da arrastrando cada sílaba y, para que quede claro, se acerca al grabador, pero enseguida se vuelve a reír como avisando que no va tan en serio. De entre los hermanos es la que tiene mejores vínculos con su progenitor, aunque la relación no está exenta de cortocircuitos.

—Es muy taimado: si hay algo en lo que yo intervengo, lo descarta— explica. Y cuenta una anécdota fresca.

Hace un tiempo el escritor Norberto Urso entrevistó varias veces al historiador y con ese material armó un libro sobre su vida. Mientras Ana estaba aún en Italia, Urso se comunicó con ella para organizar una serie de presentaciones por la costa bonaerense. Cuando llegó al país se lo dijo a Osvaldo.

—Papá, anotá: vamos a Santa Teresita, a San Clemente y a Dolores.
—¿Para quién es?
—Para Norberto Urso.
—¿Y a ese quién lo conoce?
—Es el que escribió el libro.
—¿Qué libro?
—Ahora te lo traigo.
—No importa. No voy a tener tiempo, no lo voy a poder hacer— dijo el tozudo anarquista y dio por cerrado el tema.

Días más tarde, Urso llamó al Tugurio para confirmar los encuentros. Ana probó cambiar de estrategia y le pasó el teléfono directamente al anciano.

—Hola, ¿quién es?
—Hola Osvaldo, soy Norberto. ¿Vamos a organizar lo de San Clemente?
—Perfecto, ahí estaré— aseguró Bayer y colgó el aparato.
—¿Ahora te vas a ir a San Clemente?— preguntó la hija, algo indignada.
—Sí, me voy solo.
—Pero mirá que te puedo ayudar…
—No, no, no. Me voy solo.

Increíble, dice Ana. Toda la vida se manejó así: sin secretarios ni asistentes. El problema es que ahora la memoria ya no es la misma y Osvaldo toma mucho, come poco y cada dos por tres se cae. Pero no quiere saber nada con que lo auxilien. Hace unos días se pasó la noche tirado en el patio y cuando a la mañana siguiente llegó la hija, tuvo que salir a la calle y pedirle a un muchacho que pasaba que la ayude a levantarlo.

Osvaldo Bayer

Marlies

Increíble, repite Ana. Y asegura que cuando a su mamá le ocurría algo parecido “se rompía todo”. Marlies falleció recientemente en Alemania. Fue justo cuarenta y ocho horas después de que Bayer cruzara por enésima vez hacia Buenos Aires. Se habían conocido en una escuela de periodismo hace casi setenta años, cuando Osvaldo tenía veinte y Marlies diecisiete.

—Una mujer genial que hizo todo por él. Y no sé cómo pudo bancársela— la reivindica Ana —. Mi papá tuvo muchas mujeres, muchísimas.

“En Trieste Bruno era Feliz. Pero una mañana lo encontraron en la vereda, solo. Nadie vio nada— recuerda Ana, y fija sus ojos Bayer sobre el tronco de un árbol cualquiera —. Dicen que se tiró del cuarto piso”.

Pero la única verdadera compañera, la que estuvo siempre, fue Marlies. Aunque a veces pasaran largo tiempo separados, por la intensa actividad del historiador o porque vivían en casas distintas. Ella fue la que se fue del país con los cuatro pibes, en el 74, cuando las cosas se pusieron bravas. Ana tenía entonces quince años. En Alemania, Marlies realizó múltiples changas, la mayoría muy mal pagas, hasta que encontró un trabajo que le gustaba en un instituto cultural alemán. Se fue creyendo que iban a ser dos o tres meses, pero nunca pudo volver a pisar la vivienda familiar de Martínez.

Mi vieja siempre se calló, nunca quiso decir las cosas que le hicieron mal para no perjudicar el trabajo de mi papá. A veces yo no tengo ganas de callarme, porque creo que todo esto lo hace también un poco más humano. Él nunca llevó una vida muy familiar. Yo diría esta palabra: ausente. Ni negativa, ni positiva; es la realidad.

Para el resto de los mortales, Bayer es ese tipo que nos seduce, nos atornilla al asiento y nos atraviesa con su mirada azul, ese hombre imprescindible que mantuvo la misma línea en la persecución y en los tardíos homenajes. Para Ana, Osvaldo es papá. Nosotros podemos quedarnos con el enorme ejemplo que el anarquista lega a las generaciones futuras. Ella puede agradecer que le inculcó una enorme libertad y a la vez criticar la falta de límites, celebrar su gran humor pero asegurar también que es arrogante y autoritario. Porque necesita darle un sentido menos épico a su historia. Y también a la de su hijo, marcadas ambas por las batallas que eligió dar el libertario.

Osvaldo Bayer

Bruno

La mañana del 5 de mayo de 2008 en Treviso garuaba y el cielo amenazaba con un temporal. En su casa, Ana Bayer estaba contenta a pesar del clima.

El día de su cumpleaños número cincuenta era un buen momento para celebrar que algunas de las cosas que la tenían preocupada habían empezado a acomodarse. Su hijo de diecinueve años, Bruno, había encontrado recientemente un colegio donde terminar el bachillerato.

Como el abuelo, su gran ejemplo, el adolescente de pelo enrulado y rebelde se inclinó por el anarquismo; como a Osvaldo, no le tocó en suerte la mejor época ni el mejor lugar para hacerlo. Porque la crisis económica, el berlusconismo pornográfico y el boom de la inmigración reinstalaron la xenofobia y el fascismo en la Italia del norte.

Con el pelo cortado al ras y un odio visceral en las tripas, en febrero de 2007 unos quince jóvenes se toparon con Bruno que volvía solo de una manifestación y lo reventaron a golpes sin justificación alguna. A los dos meses, la escena se repitió. Recreaban una historia ocurrida en otro escenario y ya contada por Bayer: casi un siglo atrás, los italianos fascistas que habían llegado a nuestro país perseguían sin tregua a sus coterráneos anarquistas por las esquinas de Buenos Aires.

Tras la segunda paliza, Bruno hizo un click:

—No aguanto al ser humano, son todos animales. No tengo ganas de nada— escupió. Y, como alguna vez había hecho su madre, abandonó el bachillerato. Pero, en realidad, lo que quería abandonar era esa ciudad irrespirable y la injusticia cotidiana del mundo.

“Bayer hace una pequeña pausa antes de responder: —El gran misterio. La muerte y la vida son el misterio más importante que nos toca descubrir”.

En su computadora, Bruno solía tener de fondo de pantalla una foto de Carlo Giuliani, el anarquista asesinado por la policía italiana durante la cumbre del G8, en 2001 en Génova. La imagen de Giuliani, de 23 años, tirado en la calle, el rostro cubierto con un pasamontañas y el cuerpo rodeado de un charco de sangre, se convirtió en el símbolo de toda una generación de jóvenes antiglobalización.

En 2007 la cita fue en Rostock, Alemania. Y hacia allá partió Bruno dejando atrás a una Ana preocupada que se animó a permitirlo. En Rostock vivió uno de los mejores momentos de su vida: a los diecinueve resistió, gritó con todas sus fuerzas y, por sobre todas las cosas, saboreó la libertad. Cuando volvió a Italia, se comprometió a terminar el colegio; para eso se mudó a Trieste, a solo dos horas en auto de Treviso.

De todo aquello había pasado casi un año y, en Trieste, Bruno era feliz. Los fines de semana en que volvía de visita a la casa de sus padres, el muchacho contaba del placer de caminar por la costanera mirando ese Adriático azulísimo y tan quieto, sobre el que se echan a dormir la siesta decenas de veleros y botecitos. Del disfrute de jugar a la pelota junto a Sebastiano, su amigo y compañero de departamento. De la atmósfera tolerante de la nueva ciudad, acostumbrada desde tiempos históricos a ver desfilar por su puerto a todas las nacionalidades.

En eso pensaba Ana, a las ocho de la mañana de ese 5 de mayo de 2008 en el que cumplía cincuenta años, y estaba contenta a pesar de que el cielo amenazara con un temporal, cuando sonó el timbre. La mujer abrió la puerta y el planeta entero se le vino encima.

—Lo encontraron en la vereda, solo. Nadie vio nada— recuerda Ana, y fija sus ojos Bayer sobre el tronco de un árbol cualquiera —. Dicen que se tiró del cuarto piso.

—¿Y vos qué creés?

—Yo creo que se mareó y se cayó— responde. Y enseguida duda —. Pero ¿qué se yo? Era demasiado sensible para este mundo y cuando lo golpearon quedó muy mal. Mi hija Luna dice que con la gente que se suicida es así: es un segundo que te agarra en la cabeza y no hay explicación.

***

“¿Qué piensa de la muerte?” es lo último que le pregunto a Osvaldo Bayer en el Tugurio y por primera vez en toda la entrevista me es más sencillo apartar la mirada que sostenerla. El acto me parece absurdo: el prurito es mío, no de Bayer, que solo hace una pequeña pausa antes de responder.

—El gran misterio. La muerte y la vida son el misterio más importante que nos toca descubrir. Eso le corresponde a la ciencia: explicarnos por qué estamos acá, de donde venimos, por qué estamos vivos, por qué nos morimos. La política es muy importante pero la ciencia es la única que puede explicar esas cosas.

Lo dice con mucho interés pero sin ningún rastro de preocupación: como la esperanza en un mundo donde quepan las mayorías, el tipo conservará hasta el final la curiosidad infinita, la pasión por la pregunta, el maravillarse con todo lo que aún le queda por investigar. La tranquilidad obedece a la convicción de que la respuesta siempre llega, aunque ese instante parezca demasiado tarde.

El anarquista nos pide ayuda para levantarse del sillón y entonces nos dirigimos al patio para hacer unas fotos y despedirnos. Allí, el fotógrafo le dice que se nota que está acostumbrado a la cámara y todos nos reímos de buena gana, antes de seguir a su hija por el pasillo, angostísimo y también abarrotado de cosas, que lleva a la puerta de la calle Arcos. Al pasar, Ana me señala un retrato en la pared: es Bruno.

Ya en la vereda miro por última vez hacia el interior del Tugurio y observo la luz del patio impactando de lleno sobre el anciano que agita suavemente la mano y despliega una amplia sonrisa. Me voy pensando en la muerte: esa que Osvaldo gambeteó una y otra vez mientras contaba el final prematuro que sufrieron tantos otros.

Florecer un puño

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Este 24 de marzo Dardo Dorronzoro está más presente que nunca. Un manuscrito inédito y cuatro poesías suyas en la voz del escritor Mariano Massone, para continuar la lucha.

Poesías: Dardo Sebastián Dorronzoro
Lee: Mariano Massone
Ilustración: Maxi Falcone

«Declaración jurada»


“Alguna vez”


Manuscrito de «Mi caballo azul» (poesía inédita)

Gentileza de Rosana Dorronzoro
Gentileza de Rosana Dorronzoro

“Canción para mi sangre libre”


“Y entonces”

Dardo Dorronzoro, por Maxi Falcone

Rescatando a Buda

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Últimamente se asocia a Buda con formas y personajes new age de dominación. Entenderlo es urgente –dice Marina Filippa– para entender lo que Buda no es.

Hace poco, en la cola del super, me topé con la revista Noticias en cuya tapa se veía la imagen de Buda con una camiseta argentina. “El ideólogo de Macri”, decía el titular, aludiendo al budismo Zen y su forma de inspirar al presidente argentino.

Suspiré y miré hacia arriba, buscando esos metros de distancia que nos permiten recuperar la paciencia. Al alzar la vista me hubiera gustado ver el cielo, pero lo que había, por supuesto, era un techo alto con una compleja estructura metálica diseñada con especial atención a las luces —siempre excesivas y estimulantes— y a las cámaras de seguridad.

Esa imagen, sin querer, armaba una metáfora que a mí se me dio por interpretar como «compleja estructura de control, pensada para que nos comportemos de determinada forma». Y ahí entendí que para hablar de por qué es descarado asociar a Buda con ciertas ideas, primero hay que conocer la filosofía de Buda.

FOTO 2Hay dos grandes formas de pensar el mundo. Acá vamos a usarlas con los nombres Oriente y Occidente, haciendo referencia solo a India, China y sus zonas de influencia para la primera.

“Nuestros filósofos tradicionales se encargaron de pensar/crear un humano que, además de ordenar constantemente todos sus cajoncitos, tiene que separar bien lejos la razón de los sentidos, la mente del corazón, la coca de la pepsi».

Como sabemos, la división fue establecida por Inglaterra cuando era la dueña de la cancha, pero en la lectura no geográfica sino cultural del asunto —la que más usamos— quiere decir que de este lado tenemos una forma de razonar que responde a una lógica y, de aquel lado, a otra. Y por eso y nada más que por eso, las diferencias son descomunales. Hay que poner mucha onda para entender al otro. Y no es solo porque la propaganda yanqui haya poblado nuestra cabeza con la idea de que el de turbante es malo o almuerza insectos, o de que el ponja se agacha demasiadas veces para saludar y no se sabe divertir, sino porque a esto de las «lógicas» distintas no nos lo enseñaron nunca.

Explicado a lo bestia es algo así como que acá «entendemos» algo porque «sabemos» que las cosas que son de una forma no son de la forma opuesta al mismo tiempo. Esto viene de principios aristotélicos que hacen que organicemos al mundo en compartimientos separados y nos dé mucha tranquilidad todo lo que se acerque más a blanco o a negro y se quede quieto en un lugar, que lo que deambule entre lo que —para nosotros— son los grises.

Allá, en cambio, y también explicado a lo bestia, «entienden» lo que entienden porque «saben» que todo tiene un carácter dual dentro de sí. Algo así como lo que simboliza el Yin y el Yang: nada es completamente verdadero o completamente falso. Aunque en la actualidad, por las buenas y por las malas, estos dos lados del planeta están bastante más permeados que antes, las lógicas siguen siendo diferentes.

Este universo cartesiano nuestro, polariza. El mal y el bien son polos opuestos y de ahí en más, todas las categorías posibles. Nuestros filósofos tradicionales se encargaron de pensar/crear un humano que, además de ordenar constantemente todos sus cajoncitos, tiene que separar bien lejos la razón de los sentidos, la mente del corazón, la coca de la pepsi. Con tanta separación, quedan divididas también la filosofía y la religión; y, dentro de esta, el cielo y el infierno, la virtud y el pecado, y muchos etcétera más.

Tratemos de hacer un esfuerzo e intentar aceptar que allá filosofía y religión son la misma cosa. No hay separación. Es difícil para nosotros incorporar este concepto porque nuestra cabeza nos obliga a hacerlas encastrar; lo que debemos conseguir es armar una tercera entidad para la cual no tenemos inventada una palabra. Y los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo.

En India, China y todas las zonas aledañas que bebieron de estas dos gigantes, la espiritualidad se manifiesta en religiones que parten de sistemas filosóficos muy serios. Claro que no los conocemos porque los programas de Filosofía no los incluyen en su contenido: un profe de esa asignatura me respondió una vez que es «porque no nos sirve».

«La ausencia de divulgadores serios (y el exceso de best sellers de autoayuda) también tiene un motivo que responde a una lógica de aquella filosofía: es uno mismo el que puede desarrollar otro pensamiento. Pero solo si uno quiere».

El hinduísmo tiene más de trescientos millones de dioses. Repito, más de trescientos millones de dioses. El motivo es que todos son matices y avatares de la trinidad Brahma (el creador)-Vishnu (el protector)-Shiva (el destructor). Así, el hinduísmo no riñe con las demás religiones: cualquier dios de cualquier otra religión es aceptado porque se lo puede identificar con uno de los suyos. Y para que quede claro que es bien complejo el tema de su filosofía-mitología y su sistema de relación con los humanos (nótese que no escribí «mortales»), hay que tener en cuenta que la trinidad en cuestión es tres aspectos de lo mismo. Y por si a alguien todavía le parece sencillo, agrego que Brahma solito tiene cuatro cabezas y cuatro brazos. Y que sus cabezas solitas representan El ser físico, El ser racional, El ser emocional y El ser intuitivo. ¿Les suena a algo?

A falta de una palabra apropiada la llamamos «religión» pero en realidad el «hinduísmo» no existe. En India, la abundancia excesiva de religiones es la manifestación social de escuelas filosóficas que nacen en la tradición védica. Los Vedas son cuatro textos de filosofía (probablemente la más antigua que conoció la humanidad) y los Upanishads (que datan del 1000 al 400 a.C.) son la última etapa de desarrollo y profundización de ellos.

FOTO 3

En el siglo V a.C., en lo que es hoy Nepal, nació Siddharta Gautama y nunca se propuso ser Buda («iluminado»). Era un burguesito, hijo único, príncipe de la dinastía Shakia. Perdió a su madre cuando todavía era un bebé. El papá era una especie de político importante y la estructura gubernamental a la que pertenecían no era una monarquía sino algo parecido a una república, un sistema más igualitario que el de las altamente jerarquizadas estructuras de otros reinos del momento.
Era costumbre llamar a unos sabios para que dieran pistas de cómo serían los años futuros del recién llegado. Eso se hizo, y de la serie de profecías surgieron dos visiones opuestas: que el pibe estaría capacitado para heredar la tarea de su padre o que, por el contrario, se convertiría en una especie de monje asceta dedicado al ayuno y a la contemplación —en otras palabras «chau, no te vi más»—. Ambas se tomaron como probables.

El viejo, consciente de que ese niño debía convertirse en su sucesor, decidió mantenerlo lejos de cualquier estímulo relacionado con el mundo espiritual y montó un show. Un mundo de mentira. Una puesta en escena con un guión y un decorado en el que sería criado su hijo hasta que tuviera edad para tomar el lugar de él y, recién entonces, conocer la verdad.

«Sentado en ese árbol se dio cuenta de que, al formar parte de una cadena de acontecimientos que nos une con los demás y con el infinito, somos todas las cosas. Sintió la vida interconectada con las demás cosas vivas y no vivas. La interdependencia de todo con todo».

En el palacio no se permitía nada que tuviera que ver con la muerte ni con la vejez ni con la enfermedad ni con nada que generara angustia. Lo encerraron en un mundo perfecto con hermosos jardines en el que se preparaba para, en el futuro, gobernar con alegría al pueblo. Llegó un momento en que sus preguntas se volvieron demasiado molestas y había comenzado a insistir cada vez más con eso de querer conocer el mundo. Así que, acorralado, el padre decidió permitirle dar una vuelta por la ciudad.

Con un impresionante despliegue, armaron el recorrido haciendo que lo que estuviera al alcance de sus ojos fuera bello (y joven, y sano, y feliz). Siddharta, fascinado, iba escudriñando todo hasta que, en un descuido logístico, a lo lejos se dejó ver un anciano. El príncipe bajó de la carroza. Corrió hasta él. Por primera vez, vio un rostro arrugado, un cuerpo deteriorado. Preguntó. Escuchó «vejez». Siguió corriendo. Vio un cuerpo con miembros amputados. Preguntó. Escuchó «enfermedad». Corrió. Vio. Preguntó. Escuchó.

Volvió al palacio en silencio, en shock, y le explicaron todo. Allí siguió viviendo muchos años más. Medio ausente, pensativo, honrando sus tareas como de costumbre y, quizá, haciendo o intentando hacer escapadas al mundo real.

Un día se casó y tuvo un hijo. Y una noche los abandonó.

Se fue porque entendió que aquello de lo que habían intentado preservarlo tenía nombre: dolor (dukkha), y decidió que el sentido de su vida era encontrar el origen de ese dolor humano y eliminarlo. Fue pululando de grupo en grupo y pasó tanto tiempo con los ascetas que empezó a debilitarse. Entonces entendió que los extremos son malos y que había que encontrar un “camino del medio”. Se dice que, al borde de la muerte, se sentó a descansar al pie de un árbol, a contemplar. Y en medio de un delirio causado muy probablemente por el estado de inanición, entendió la verdad: se iluminó. «Despertó». Con la vida abandonándole el cuerpo, encontró de repente el origen del dolor humano.

El saber humano va aumentando desde que existimos. No se detiene. Por más conocimiento que alcancemos, siempre hay algo nuevo por descubrir. Entonces es justo decir que la realización personal no puede completarse exclusivamente a través del conocimiento. Con la acción ocurre lo mismo. Siempre hay algo para hacer. Si el trabajo a efectuar nunca se acaba pero los días sí, entonces es justo decir que el humano no puede realizarse del todo únicamente a través de la acción.

¿Qué hacemos?

FOTO 4

Una opción es entregarse a las manos de Dios (no importa de qué religión) y elegir creer que, cumpliendo ciertas reglas creadas por entidades sobrenaturales, encontraremos la realización en la vida después de la muerte, con o sin necesidad de reencarnaciones previas. La otra opción es la que propone Buda, quien no creía que fuera necesario sufrir durante la vida ni durante miles de vidas como preparación para algo mejor, ni creía que fuera necesario sufrir por la falta de fe en ese «algo mejor» que vendría después. No creía en posiciones extremas ni en dioses de ningún tipo.

Sentado en ese árbol se dio cuenta de que, al formar parte de una cadena de acontecimientos que nos une con los demás y con el infinito, somos todas las cosas. Sintió la vida interconectada con las demás cosas vivas y no vivas. La interdependencia de todo con todo. La pérdida completa del yo. Lo sintió en el cuerpo. Eso es el nirvana. Concebir en lo más profundo del cuerpo, no de la mente pensante sino del cuerpo, en el pecho, en el estómago, el cosmos entero, hasta que el estómago y el pecho desaparecen. El todo dentro de lo uno y lo uno dentro del todo.

A partir de su axioma «El dolor existe» organizó una base a la que llamó «Las cuatro nobles verdades».

  • 1. El dolor (dukkha) existe: no se refiere solo a que uno se angustia por algo y si no está angustiado por nada, entonces está alegre. Se refiere a que toda existencia es insatisfactoria, habla de un sentido más amplio de sufrimiento: imperfección, impermanencia, insustancialidad. La cuestión existencial, digamos.
  • 2. El dukkha tiene un origen. El origen es el anhelo. No significa que el humano debería renunciar o negar el deseo. Es imposible y es insano no desear. Hablar del anhelo es hablar del apego: quien se apega no acepta la impermanencia de las cosas. Buda se refiere al anhelo en cuanto a aferrarse a lo finito: la belleza fìsica, la persona a quien uno ama, la relación que uno tiene con esa persona, un título, una definición social. Desear no es el problema; apegarse lo es.
  • 3. El dukkha puede extinguirse eliminando su origen: la idea es, entonces, apegarse a las cosas que sí son permanentes y no tanto a su manifestación física. Por ejemplo, sí apegarse a la idea de la colaboración (no a fulano y el proyecto con el que estoy colaborando), a la amistad (y no a José Luís, mi amigo), a la ecología (y no a ese objeto biodegradable tan copado que me compré), a la salud, etc.
  • 4. El Noble Óctuple Sendero es el modo en el que resumió la solución: recto entendimiento, recto pensamiento, recta palabra, recta acción, rectos medios de vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración. No es un paso a paso ni una serie de escalones. Se refiere más bien a la concepción taoísta de «camino». Las traducciones cambian sentidos. Se le llama «camino» en cuanto a línea en el tiempo. La esencia del Óctuple Sendero es el Camino Medio. Y este, en palabras de Daisaku Ikeda, es:

«Aceptar la magnificencia de la propia vida y de la de los demás; la de la naturaleza no humana y todas sus numerosas e intrincadas interrelaciones. Convertir esto en la base de todos nuestros actos. Jamás pactar o transigir con fuerzas de destrucción y división que pondrán la vida en peligro o menospreciarán nuestra humanidad. No transigir, no significa calificar al otro de ‘enemigo’ y entablar con él un conflicto indefinido. Significa, en cambio, intentar identificar los aspectos específicos de una tradición filosófica, religiosa o cultural que respaldan o justifican la denigración o destrucción violenta de la vida y esforzarse por transformarlos en aspectos no violentos».

Las Cuatro Verdades no son verdades «reveladas». Son hechos de la vida que podemos confirmar permanentemente. La filosofía de Buda es tanto racional como empírica, es decir, científica. Cualquiera puede verificarla. La pregunta acerca de cuál es el modo de lograr la realización y así encontrar el sentido de la vida, movilizó a todos los filósofos que conocemos. Platón y su Caverna, Epicuro y su «medicina del alma», Spinoza y su Deus sive Natura, Epicteto, Boecio, Hume, Kant, los alquimistas, los existencialistas, Emerson, Thoreau, Hobbs; todos, de una u otra forma, plantearon que era posible transformar el alma humana y «despertar» para encontrar la realización, pero ninguno procuró algún modo fiable para hacerlo. La genialidad de Buda reside en que él sí instrumentó un método.

Pero por más enérgico que haya sido Gautama Buda en su entusiasmo por compartir esto con el mundo, muchas personas no necesariamente encuentran el goce en abandonar el sufrimiento. Creyentes o no creyentes.

Por otro lado, no está bueno que quienes no creen en dioses pero tienen una búsqueda —incluidos gran parte de los que practican budismo—, no intenten comprender en profundidad el concepto de iluminación y se inclinen hacia actividades que los acercan a la idea de que así, mediante prácticas variopintas que incluyan cuencos y gongs, limpieza de chakras, meditación, etc., satisfacen su parte espiritual.

«Quizá la budista sea una filosofía tan moderna que aún no nos entra en la cabeza. Y tan fresca que con gratitud nos queremos mojar con un pedacito (…) Algunos no solo quieren un pedacito. Algunos son capaces de atropellarla para utilizar una combinación de frasecitas que peguen bien en sus discursos-slogans».

Hay que reconocer que los de aquel lado tampoco se matan por contarnos de qué se trata. En la pedagogía oriental hay una preponderancia de lo metafórico y a nosotros eso nos hace ruido. Ellos están convencidos de que las palabras crean la realidad condicionándola (idea enredadísima para nosotros) y entonces le dan mucha bola al tema. Es por esa razón, también, que a veces nos parece tacaña su narrativa cinematográfica: lo poco que se dice se expresa con silencios, o con simbolismos obtusos, o con acciones de una onírica incomprensible.

La ausencia de divulgadores serios (y el exceso de best sellers de autoayuda) también tiene un motivo que responde a una lógica de aquella filosofía: es uno mismo el que puede desarrollar otro pensamiento. Pero solo si uno quiere. Y para lograrlo debe hacer un esfuerzo consciente.

Este detalle no es menor y entonces acá desconocemos completamente la cosmovisión de allá. Está presente pero hay que ir a buscarla porque no nos la entrega el cine ni el cole ni la facu. Y cuando la buscamos muchas veces nos encontramos con el filtro de la lógica occidental que la convierte en una inyección de colorido: transformaciones en la moda, algo de consciencia pacifista o el famoso misticismo New Age, muy útil para manuales de lifecoaching y vendedores de autos.

Quizá la budista sea una filosofía tan moderna que aún no nos entra en la cabeza. Y tan fresca que con gratitud nos queremos mojar con un pedacito; con un silencio, con un Sutra del loto, con un buda en la vitrina, no importa.

Algunos no solo quieren un pedacito. Algunos son capaces de atropellarla para utilizar una combinación de frasecitas que peguen bien en sus discursos-slogans; o de usarla de bandera, con la complicidad de falsos maestros espirituales, mientras desprecian la vida.

Llegaba mi turno en la caja. En el techo del supermercado, entre los hierros que daban forma a aquella estructura, se escondían unos nidos de gorriones. Uno de los pajaritos asomó. Volando encontró una grieta triangular en el tragaluz principal, y salió.

La poesía malcriada

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El mundo necesita más poesías sin corset. Bienvenidos a Alejandro Chuca, ilustrado por el genial Gustavo De Tanti.

che
¿vos tenés
internet?
no
se me cayó
recién
¿reiniciaste
el modem?
no
esperá
¿ahí va?
no
no se conecta
qué mierda
llamalo
a cristian
a ver si
él tiene
internet
¿cristian
tenés internet?
sabés que no
¿vos tampoco?
no
se nos cayó
se ve
que se hizo
mierda
en el golpe
qué boludo
¿reiniciaste
el modem?

¿y?
nada
ah
y ahora
¿qué?
yo qué sé
llamá a coso
llamá vos
ni en pedo
me mata
la burocracia
de la musiquita
clásica
pero llamá
quizá paso
algo
en el barrio
¿y?
si pasó algo
hay que esperar
y listo
¿tenés
la generala?
pará
que no estamos
en gesell
y llueve
eso no rinde
fuera de temporada
¿y pero
entonces?
a ver
reiniciá
el modem
otra vez
¿ahí va?
no che
nada
¿los cables
están bien?
fijate

ya
me fije
ah
¿y?
yo que sé
llamalo
a cristian
a ver si
a él le volvió
che cris
ah no
bueno
bueno
avisame
apenas te vuelva
dale
dale
chau
no che
no tiene
tampoco
ah
¿y?
no sé
¿qué onda?
¿vos bien?

ponele
ah
¿vos?

todo bien
a ver
apretá
efe cinco
no nada
reiniciemos
las compus
a ver
si pasa
algo
se
que bajón che
estar
sin
internet
aparte
viste
que ya no hay
cyber’s
¿qué
onda?
y
no sé
fue un consumo
que se cortó
jajaja
claro
se desconectó

literal
mirá
la gente
está
saliendo al hall
a ver
si los demás
también
se quedaron
sin internet

tal cual
parece como
cuando
se corta la luz

pero luz hay
¿no?

fíjate
ah

qué raro che
se
¿habrá
paro
de internet?
no sé
¿vos decís?
y no sé
che nati
¿te puedo
hacer
una pregunta?

obvio
vos qué preferís
¿pasar un mes
sin coger
o una semana
sin internet?
las dos cosas
juntas
no se pueden
elegí una
uy
qué difícil
me parece
que la primera
un mes
sin coger
¿vos?
se
también
de ultima
con internet
te haces
unas buenas
jarolas
jajaja
claro
olvidate
dale
me olvido
che nati
pará
¿qué?
entonces
¿vos te masturbas
con internet?
y sí
boludo
¿vos?
seee
a full
¿y con qué
videos?
me gustan
los que están
bien
filmados
¿los amateurs?
no
esos no
ah
tipo
no sé
el stanley kubric
del porno
ah
re exigente
sos para
hacer bailar
la merluza
jajaja
boludo
habla bien
¿qué?
nada
nada
seguí así
que siempre
me haces
reir.
ey
cuando vuelva
internet
¿me mostrás
los videos
que usás?
sí dale
tengo un par
en favoritos
me re gusta
que siendo
chica
mires porno
en internet
¿pero qué
te sorprende?
mmm
no sé
¿y qué
página
te gusta más?
mi favorita
es
xvideos
¿la tuya?
¡también!
¿posta?
uy
tremendo
boludo
quizá
algún día
usamos
el mismo video
para
tocarnos
sin saberlo
¿no?
¿qué decís?
y sí
puede pasar
existe
la posibilidad
qué loco
sí mal
quizá
los dos
al mismo tiempo
uy
imaginate

me lo re
imagino
che
si dos personas
se masturban
mirando
el mismo video
al mismo
tiempo
¿están
cogiendo?
y sí
fede
medio
que sí
claro
ni hablar
jajaja
qué loco
igual
para eso
tiene
que haber
internet

y acá ni
vuelve
ya fue
che
¿tomamos
mate?

dale
yo lo
armo
joyaaa


che
¿ahí
volvió,
no?
a ver
no
nada
ah
como que
re sentí
que volvía
¿qué sentiste?
no sé
una conexión



veloriosDeTanti

cuando me aburro
a la noche
salgo a caminar
por el barrio
y paso por las casas de velatorio
de la avenida alvarez thomas

a cierta hora de la madrugada
de los días de semana
si la gente se mueve
es de manera solitaria
y solo está agrupada
en bares
o en casa de velatorios

a excepción de los bares
en los velatorios
la gente moja la calle
con lo que salpican
de los ojos
y yo paso por ahí
y chusmeo
a ver qué onda
la muerte

a veces entro
y me miran
intentando entender
qué rol cumplía para el muerto:
si era familiar
amigo
compañero de trabajo
vecino

cada vez aguanto más
esas miradas
y me quedo
parado ahí
en la pausa de la madrugada
aprendiendo

cuando me doy cuenta
que la experiencia ajena
nunca sirve de nada
me doy media vuelta
y sigo caminando

a metros
hay una estación de servicio
abierta las veinticuatro horas
que no le importa que haya alguien
a pasos de ahí
que estará quieto para siempre
y vende nafta
para que las cosas
se sigan moviendo



grabacionesDeTanti

hay un audio
en donde están grabadas
todas las cosas
que la gente
dijo sobre vos a tus espaldas
y nunca te enteraste

está ahí todo
lo que dijeron de vos
lo bueno y lo malo
podés ir a escucharlo
¿vas?
¿tenés los huevos
para hacerlo?
¿cuánta valentía
se necesita
para ser realmente
un individuo?
es mentira
que somos algo
ajeno a los demás
somos jugadores de metegol
atravesados por un caño
y cuando se mueve uno
nos movemos los demás
¿cuánta flexibilidad necesita
un cuerpo para eludir
los pelotazos al ego?
por la noche se escucha
el cuchicheo del autoestima
afinando la retórica
para poder salir adelante
con cierto optimismo
a la mañana te sutura
la rutina y te hace andar
es mejor
está bien
que a veces no haya
tiempo libre
¿no vas a ponerte
los auriculares y escuchar
todo lo que dijeron de vos
a tus espaldas?
por las orejas
te caen fichas del tetris
a la velocidad del último nivel
pero acomodarlas
te va a llevar años
y mientras tanto
avanza el polvo
hay un audio
en donde solo hablan de vos
lo bueno
todo lo malo
lo bueno
o hay un audio
en donde al poner play
no se escucha ninguna voz
puede pasar
que la gente
ni te nombre

Entre amigos. Apuntes desde Euskal Herria

1

La explicación se vuelve sencilla cuando quien escucha no se pone exigente. He aquí la cuestión vasca no académica, para el oído argento.

Por Fabricio Lombardo
Foto: Crónica de un verano, de Jean Rouch y Edgar Morin (1960)

Hablo con un amigo argentino por teléfono y, entre chismes y anécdotas, me comenta que los apuntes que estoy escribiendo están bien, pero algunos no se entienden en lo más mínimo. “¿Cuáles?”. “Los de la tierra, la identidad y todo ese quilombo de los vascos”, responde. Le confieso que a mí tampoco me resulta sencillo. Ni entenderlo ni explicarlo. “Pero, escuchame, ¿cómo sería la cuestión si la transportás a Argentina?”. “No se puede”, le digo.

—¡Sí se puede, pelotudo!, —replica y me moja la oreja—: no estás en la universidad.

—Bueno, mirá —intento—, ¿viste que los cordobeses de Argentina tienen una tonada especial? El cordobés no es un dialecto ni un idioma, es solo una tonada.

—Claro— me dice.

—Bueno, imaginate que sí lo fuera; que fuera un idioma milenario e incluso no tuviese nada que ver con el castellano. Imaginate que además los cordobeses tuvieran una historia propia, diferenciada, con tradiciones y monarquías centenarias y gobiernos propios. ¿Me seguís, no? Bien; imaginate ahora que el territorio donde viven los cordobeses no incluyera sólo Córdoba sino también una parte de San Luis, otra de Mendoza y otra de Chile. Y que durante los últimos siglos los gobiernos argentinos y chilenos, con sus idiomas, historias y tradiciones, vinieran limando, asfixiando y reprimiendo, según la época, esa identidad cordobesa, casi al punto de hacerla desaparecer. ¿Se entiende algo? —le pregunto mientras pienso que acabo de cometer todas las atrocidades que en la universidad me dijeron que no tenía que cometer.

—¡Claro que se entiende! —se indigna— ¡¿Y por qué no escribís eso y te dejás de joder, academicista del orto?!