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Escuchar a Pedro Lemebel

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Era moreno, gay y de izquierda cuando todo eso era terrible. A un año de su muerte, Patricia Morante nos lee tres de sus crónicas para recordarlo.

Por Patricia Morante
Fotos: Carla Pinilla, El Mercurio.

Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile el 21 de noviembre de 1952 y murió el 23 de enero de 2015. Escritor, profesor de Artes Plásticas por la Universidad de Chile — aunque ejerció durante muy poco tiempo la profesión— y sobre todo anti-cronista, fue Pedro Segundo Mardones Lemebel hasta que decidió hacer un enroque con los apellidos. “Me cambié de nombre a Pedro Lemebel porque mi papá no tenía por qué cargar con mi asunto sexual”, comentaría luego en alguna entrevista.

La música y las luces nunca se apagaron

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El crítico argentino Julián Gorodischer dice de él: “Fue dueño del arte del errar; se sumergía en los hedores de los márgenes; rechazaba la normalización que le ofrecía el papel de escritor consagrado. Lemebel narra en resistencia: contra ‘la virulencia homofóbica’ pero también contra ‘el oro postal de la clásica estética musculada’; contra ‘el estigma de la plaga, contra el sidario condenado por la moral pacata’. También, contra la loca que atesora ‘el modelito’ especialmente comprado para asistir a la próxima premiere luctuosa”.

Escualos en la bruma

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Militante comunista, luchó al interior del partido contra la homofobia. En “Manifiesto”, uno de sus textos más conocidos, dice: “[…] Mi hombría fue la mordaza / No fue ir al estadio / Y agarrarme a combos por el Colo Colo / El fútbol es otra homosexualidad tapada / Como el box, la política y el vino / Mi hombría fue morderme las burlas / Comer rabia para no matar a todo el mundo.”

Encajes de acero para una almohada penitencial

Los textos leídos fueron extraídos de su libro “La esquina es mi corazón” (1995).

Mientras el agua cae

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Algo extraño ocurre cuando se activa ese mundo de colectiveros rabiosos y zapatos empapados. “Cuando llueve –dice Francisco Figueroa– la vida cambia”.

Por Francisco Figueroa
Fotos: Ariel Vicchiarino

La primera gota acaba de caer. Y así como la primera lágrima anuncia un torrente de llanto, la primera gota anuncia una lluvia venidera. Y cuando llueve, la vida cambia. Ya sea que lo encuentre a uno caminando por la calle, trabajando o en su casa, cuando llueve, la vida cambia. Porque con la primera gota se empiezan a desatar una cantidad infinita de sentimientos encontrados, que, a medida que avance el aguacero, serán imposibles de frenar.

“No hay que confundir, sin embargo, melancolía con tristeza; es una melancolía dulce la que suele acechar en las tardes de lluvia”.
Difícilmente uno pueda estar muy alegre en un día de lluvia. No es que sea imposible, pero no es algo que se dé con frecuencia. La lluvia tiene un cierto poder, un “poder nostálgico” por decirlo de algún modo, que inhabilita la felicidad exultante, la alegría desmedida. Las primeras gotas, así como avisan de un chaparrón inminente, suelen ser también el preámbulo de una tarde melancólica. No hay que confundir, sin embargo, melancolía con tristeza; es una melancolía dulce la que suele acechar en las tardes de lluvia.

Esté donde esté, a uno la lluvia lo encuentra y lo modifica, aunque sea de un modo casi imperceptible; altera su humor y el de los suyos. Quizás esté uno en el colectivo, o mejor aún, esperándolo. Y en ese preciso momento en que la llovizna empiece a cubrir el cuerpo, comenzará a recordar viejos tiempos, aquella niñez ya lejana, aquellos guisos de su madre. Se acordará también de los compañeros de escuela, esos purretes que supieron ser amigos y hoy son tan solo extraños, desconocidos con un pasado en común. Ya sentado en el asiento del fondo del 39, nuevos recuerdos atacarán la memoria. Vendrán a la mente aquellos primeros amores, los que se concretaron y los que quedaron truncos.

Ariel-Vicchiarino-Revista-ULTIMOROUND_BExiste la posibilidad también de que el chaparrón lo halle en la tranquilidad de su casa, leyendo un libro, mirando televisión, cocinando, o enfrascado en quién sabe qué tarea hogareña. Entonces es probable que usted deje lo que sea esté haciendo. Por más que se aproxime el final del apasionante policial que lo tiene atrapado, o que el galán de turno esté por conquistar finalmente a su amada en la telenovela de las seis, o que la pava le diga que ya está el agua para el mate; usted hará caso omiso a todo aquello, se desentenderá del mundo por unos minutos que parecerán años, y se dirigirá hacia la ventana.

Verá entonces como el vapor va poblando de a poco los cristales. Con la empuñadura del sweater dibujará un círculo que le permita mirar hacia abajo, hacia las calles ya húmedas, ya completamente mojadas. Un ir y venir constante de paraguas cubrirá cada movimiento de sus ojos. Y verá la gente pasar. Pero no como todos los días: hay algo distinto en esa señora que espera que el semáforo cambie de color, hay algo diferente en aquel joven de traje que viene esquivando los charcos. Sus semblantes no son los mismos. En los rostros, un gesto adusto, casi de preocupación. No caminan con la parsimonia habitual; al contrario, su andar es un andar apurado, casi enloquecido. Y luego su mirada se desviará de aquel extraño mundo de paraguas y pilotos, de colectiveros rabiosos y zapatos empapados, para enfocar el cielo. Un sinfín de nubes cubren lo que hace apenas horas era un sol resplandeciente; lo que antes era un celeste profundo como el mar, ahora es un triste gris color ceniza. Contemplará así durante unos momentos el viaje de cada gota, desde su nacimiento mismo hasta el final, chocando contra las baldosas. Prenderá luego un cigarrillo y volverá a su sillón, queriendo retomar sus actividades como si nada hubiera pasado. Pero lo cierto es que, por más que lo intente, no lo logrará.

Su día ya no es el mismo. Sus prioridades tampoco. Ya no le interesará averiguar como el detective llega finalmente a atrapar al asesino, pero pondrá todos sus esfuerzos en recordar cómo era el nombre de aquella maestra de matemática de segundo grado de pelo cano y lentes de botella. No festejará cuando, tras quince episodios de idas y venidas, Juan Enrique de la Fuente le declare amor eterno a la doncella María de las Mercedes Escobar, sino que esbozará una tímida sonrisa al evocar aquellas travesuras con su amigo Juan por los pasillos de su escuela. No irá corriendo a la cocina a apagar el gas una vez que el chiflido de la pava indique que el agua alcanzó su punto justo, sino que se trasladará al trote a su habitación en busca del antiguo álbum de fotos de su madre.

Y una vez que lo encuentre, que lo tenga ya en sus manos, lo aferrará contra su pecho como a un tesoro, y, sigiloso, temeroso, lo abrirá. Poco a poco irá pasando las páginas, una tras otra, y se sumergirá en sus recuerdos. Un olor a leña quemada se desprenderá de ellas, como si la antigua chimenea de su casa lo estuviese calentando en ese preciso momento. Un leve aroma a alcohol poblará el dormitorio, como si en ese mismísimo instante su abuelo estuviera sirviéndose una medida de whisky con dos hielos, como le gustaba a él. Y una gota gorda mojará las fotos, como si fuera la lluvia inmiscuyéndose por las goteras del techo de chapa, y no una lágrima porfiada que no se pudo contener.

Curiosidades. Apuntes desde Euskal Herria

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Izquierda, derecha, nacionalismo e independentismo; conceptos no tan sencillos en un país sin estado.

Influenciado por años y años de escuchar a los medios hablar de ETA y el independentismo, a más de un latinoamericano podría llamarle la atención que aquí la izquierda y el nacionalismo no sean necesariamente independentistas. De hecho, Podemos no levanta la bandera de la independencia para Euskal Herria y, sin embargo, en las dos comunidades vascas –País Vasco y Navarra– el partido de Pablo Iglesias tiene una alta intención de voto.

Ahora bien, hace apenas unos meses renunció la alcaldesa de Mungía, un pueblo de País Vasco, porque la obligaron a izar la bandera española en la puerta de la municipalidad. El caso duró tres años y medio. La alcaldesa presentó recursos legales de «objeción de conciencia» y  «derecho a la libertad ideológica», pero finalmente la ley española le cayó con todo su peso: o izás la bandera o te vas. Bien vasca, se fue. “Lamento tener que irme ante este intento de humillar a todo un pueblo colocando una bandera que no es la nuestra, por una ley vetusta y obsoleta”, dijo. Para hacerle el aguante, atrás de ella también renunció la secretaria de Cultura.

Cuando me enteré de la noticia supuse que ambas formarían parte de algún sector de la izquierda nacionalista. Pero no. Estas mujeres no son socialistas ni revolucionarias, sino del PNV, el partido de la derecha católica que gobierna tanto la capital de País Vasco –Vitoria Gasteiz– como su ciudad más pujante, Bilbao. Para quienes vivimos entre Tijuana y Tierra del Fuego resulta bastante curioso que un país que tiene de acuerdo a su izquierda y su derecha en algo tan esencial como la identidad –vasca, en este caso– no haya logrado aún convertirse en un estado independiente.

Tan curioso como que alguna vez no lo sea.

Cuando Robert Capa eran dos

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Italia, 1943. Enamorados despidiéndose. Tomada de theguardian.com.

Húngaro de origen judío, socialista y exiliado, el fotógrafo de la guerra fue también una mujer de la que Robert Capa se enamoró.

Por Marina Filippa

«Indochina, Capa salta del Jeep, dos pies se arrastran por la carretera / a la foto, a registrar carne y guerra», son las primeras líneas de la canción de la banda Alt-J que relata, en palabras, las últimas imágenes de la azarosa vida de Endre Ernő Friedmann, más conocido como Robert Capa.

“En París conoció a la alemana Gerda Taro, de origen judío, como él. Se hicieron inseparables y se colgaron al cuello las cámaras para salir a capturar cuanto enfrentamiento bélico hubiera”.
El foto-periodismo y los corresponsales de guerra, como tales, se iniciaron a finales del siglo XIX. Sólo a partir de 1930, cuando las innovaciones tecnológicas lo permitieron, los temerarios fotógrafos lograron suspender en el tiempo los instantes de horror de los conflictos bélicos del mundo. Hasta ese momento, aquellas imágenes eran vagas secuencias cinematográficas documentales presentadas al público en pantalla grande, en teatros y cines a veces improvisados; tomas sueltas de batallones marchando, paneos de ciudades vueltas escombros y algún que otro enfrentamiento en el que se adivinaban las balas y los bandos.

España, 1938. Despedida a las brigadas internacionales que desde ese momento dejarían de prestar ayuda en la guerra civil española. Magnum Photos.
España, 1938. Despedida a las brigadas internacionales que desde ese momento dejarían de prestar ayuda en la guerra civil española. Magnum Photos.

El joven Endre, de tendencias socialistas, abandonó su Hungría fascista en 1930, tras participar en una de las tantas protestas contra el régimen. Un poco porque no estaba de acuerdo con la situación política y otro poco porque no le quedaban muchas opciones.

«En la plaza del cuartel, el jefe de la policía silbaba la quinta sinfonía de Beethoven mientras golpeaba a muchachos con el cabello muy largo. Yo tenía 17 años y el cabello muy pero muy largo. La mañana siguiente el comisionado llamó a mi madre y le dijo que si abandonaba Hungría en veinticuatro horas, ciertas preguntas no serían formuladas.»

Vivió en Alemania y Francia e hizo de fotógrafo para una revista cubriendo las movilizaciones del Frente Popular. Con su natural audacia, logró colarse en el discurso de León Trotsky en Copenhague, esas instantáneas se harían famosas.

«Si tus fotos no son buenas es que no te has acercado lo suficiente» reza su inmortalizada frase y, por supuesto, ambos murieron mientras se acercaban lo suficiente».
El seudónimo Robert Capa nació de una pícara artimaña para ganar dinero.

En París conoció a la alemana Gerda Taro, de origen judío, como él. Se hicieron inseparables y se colgaron al cuello las cámaras para salir a capturar cuanto enfrentamiento bélico hubiera, vendiendo luego las fotos a los medios editoriales. El dinero que obtenían no era el esperado y estaban determinados a seguir trabajando de forma independiente, así que idearon el ardid: inventaron un personaje ficticio de origen norteamericano que permanentemente «se ponía en contacto» con ellos. Un obsesivo que jamás abandonaba el frente de combate, sea cual fuere. Todo el teatro les salió bien y lograron obtener mayor rédito por las imágenes. Con Friedmann como su agente y Taro como su secretaria, era aquella excéntrica figura la que firmaba cada fotografía. Al haber unificado criterios para el trabajo y al compartir la misma visión de la guerra, en el futuro se hizo difícil identificar la autoría de la producción de uno u otro. Eran compañeros y eran un equipo: los dos juntos eran Robert Capa.

Hankow, China, 1938. Jóvenes mujeres recibiendo entrenamiento para el ejército nacionalista. Magnum Photos.
Hankow, China, 1938. Jóvenes mujeres recibiendo entrenamiento para el ejército nacionalista. Magnum Photos.

«Si tus fotos no son buenas es que no te has acercado lo suficiente» reza su inmortalizada frase y, por supuesto, ambos murieron mientras se acercaban lo suficiente. Taro durante el repliegue del ejército republicano en la Guerra Civil Española, y Friedmann —muchos años después— durante el avance francés en la guerra de Independencia de Indochina. Él, sin embargo, alcanzó a vivir lo suficiente como para crear lo que habían planeado juntos. Fundada en 1947, Magnum Photos es la primera agencia cooperativa para fotógrafos independientes de cualquier nacionalidad que, además, reconoce los derechos de autor de cada imagen publicada.

Amor, demencia, estupor, crueldad, esperanza, resistencia, son el pigmento base del testimonio visual que nos deja Robert Capa. Tras veintidós años de fotografiar el suicidio de la razón a través de las conflagraciones que moldearon a golpes el tremendo siglo XX, sus fotos, silenciosas, nos muestran la irreductibilidad del espíritu humano y nos cuentan que la violencia jamás puede ser arte.

«No rocíes en tus ojos, yo he rociado tu ser en los míos» dice la canción al terminar. Es él usando una expresión fotográfica, una doble metáfora para decirle a ella que lo espere. Quizá sea una referencia a que, cuando se ha visto de cerca algo sustancial, ya no se puede volver atrás.

¿Pero, quiénes son los vascos? Apuntes desde Euskal Herria

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Vascos de Euskadi, Vascos franceses y vascos navarros; variaciones de una identidad histórica dividida por las administraciones políticas.

Los vascos viven en la mitad occidental del departamento Pirineos Atlánticos de Francia, en casi toda Navarra y en todo País Vasco (Euskadi). Todos esos territorios son los que hoy se denominan territorios del “pueblo vasco”, o sea, “Euskal Herria”. Todos ellos –y más– pertenecieron en su día al Reino de Navarra, entidad construida hace más de 800 años, “reino de los euskaldunes”, o sea, de los vascoparlantes, aunque también gobernara sobre gentes que hablaban otros idiomas.

Lo curioso es que el Reino se llamaba y aún se llama “de Navarra”, pero el pueblo que compuso y compone ese reino es el “pueblo vasco”, conceptos que quedaron divididos a partir de las injerencias imperiales de España pero que, en realidad, bien podrían ser lo mismo. Los navarros de hoy (los de la Comunidad autónoma Reino de Navarra) son vascos, y los vascos de hoy (los de la Comunidad autónoma País Vasco) son los históricamente navarros.

Para quien lo mira desde fuera el asunto resulta bastante extraño: de alguna manera pareciera que las vicisitudes de la historia que dividieron a este pueblo han dejado, a unos, el nombre del pueblo (vasco) y a otros el nombre del reino (navarros). En el lado francés, sin embargo, las cosas parecen estar mucho más claras: son evidentemente vascos, históricamente navarros y, sin lugar a dudas para la mayoría, franceses.

Gardel en País Vasco. Apuntes desde Euskal Herria

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Para los ojos extranjeros, los argentinos son todos gauchos.

Hablar de prejuicios suele tener una connotación negativa por el lado ético o incluso moral. Es decir, cuando se dice que alguien es “prejuicioso” se considera que está actuando “mal”, que su actitud es “no-conveniente”. Más aún: un prejuicio reiterado suele corresponderse con “una mala persona”. Lo curioso es que, con esta moralina, se olvida lo que en realidad es central: el prejuicio no sirve. Es decir, el problema no es que sea malo o bueno, correcto o incorrecto: el problema es que es una herramienta inútil, porque a partir de ella se desarrollan ideas, opiniones y acciones que fueron creadas sobre una base falsa. El problema no es ético ni moral: es epistemológico.

Escribo esto porque, para mi sorpresa, acabo de enterarme que a Vitoria-Gasteiz, la ciudad en la que vivo, hace unos 90 años vino a cantar Carlos Gardel. Gardel era famoso por cantar tangos, una música rioplatense de ciudades –sobre todo Buenos Aires y Montevideo–  donde los artistas vestían de traje y se juntaban en bares céntricos a tomar café y pasar el tiempo entre la política y el arte. Como en Madrid, ponele.

Sin embargo, en Europa, a Gardel le pedían que se vista de gaucho.

El zorzal la estaría levantando en pala y se ve que mucho problema no se hizo con este tema. Además, con esa carita de porcelana, esa boca de mujer y esa voz privilegiada, uno podría vestirse de cualquier cosa. No obstante, el asunto no deja de llamarme la atención: pedirle a Gardel que se vista de gaucho para cantar tangos es tan absurdo como pedirle a Frank Sinatra que se vista de cowboy para cantar “Extraños en la noche”. Y es que, en realidad, eso es un prejuicio: algo ni bueno ni malo, más bien inútil y, de vez en cuando, un poco ridículo.

Latinos y Americanos. Apuntes desde Euskal Herria

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Las cosas por su nombre: hay términos peyorativos y términos peyorativos mal utilizados.

En España se manejan – unas veces con un menosprecio camuflado y, otras, explícito– dos conceptos erróneos: por un lado se les llama “americanos” a los estadounidenses, como si el resto de los americanos que nacimos al sur del río Bravo perteneciéramos a otro continente. Algo así como si nosotros, los latinoamericanos, llamáramos europeos únicamente a aquellos que viven al norte de los Pirineos.

Es una pena que hayamos perdido la palabra “americanos” como referencia internacional, más aún cuando así se referían los grandes libertadores del siglo XIX para hablar de los pueblos a los que pretendían brindarse en la lucha contra el imperio español. Desheredarnos de nuestro nombre quizás sea una represalia histórica por haber sido tan ladinos, y yo ni me doy cuenta.

Pero no sólo eso: además, a los latinoamericanos en España nos llaman “latinos” (así, a secas), como si ellos, los españoles, viniesen de otra familia lingüística. Los españoles también son latinos, dado que todas las lenguas del estado español provienen del latín: el catalán, el gallego, el occitano, el aranés, el aragonés y el bable. Todas, menos el euskera.

Los vascos, digamos, son los únicos que con justa razón le pueden llamar “latinos” a esa enorme masa de indocumentados que cruzó el océano buscando un salario mejor.

“La solidaridad internacional es lo único que nos va a salvar”

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Entrevista al analista político Atilio Borón donde comparte su mirada sobre la actualidad argentina, las elecciones en Venezuela y la compleja situación mundial.

Por Federico Acosta Rainis
Fotos: Ariel Vicchiarino

En los últimos treinta o cuarenta años el planeta se ha vuelto un sistema cada vez más interconectado, complejo e impredecible. Es cierto que la realidad nunca encajó ni por la fuerza en la teoría, pero —hay que decirlo— la combinación entre pensamiento posmoderno, desregulación neoliberal y cotorreo mediático confunde y dificulta los análisis lúcidos y de argumentos sólidos.

Con estas ideas dando vueltas en la cabeza me acerqué a Atilio Borón: siempre resulta enriquecedor conversar con alguien que viene de la vieja escuela. Borón dejó atrás las siete décadas hace un par de años, es sociólogo y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard, titular de la cátedra de Teoría Política y Social de la Facultad de Sociales de la UBA, investigador del CONICET, y tiene más de una docena de libros escritos en su haber. Pero por sobre todas las cosas, el tipo es bien bien marxista, uno de esos intelectuales que Gramsci podría llamar “orgánico”, y forma parte de la marea muy heterogénea que a grosso modo señalamos como “la izquierda”.

“Yo creo que no ganó Mauricio Macri, creo que perdió el Frente Para la Victoria (FPV). Son dos cosas diferentes. Perdió el FPV por una serie de problemas de arrastre en el manejo económico que generaron muchísimo más malestar de lo que la gente del gobierno pensaba”.
Marea accidentada y turbulenta si las hay, resultado de las peripecias de la historia y las posiciones puntuales adoptadas en cada batalla, que a lo largo del tiempo hermanó y deshermanó repetidas veces a los distintos colectivos que conviven en su interior. A vuelo de pájaro podría decirse que hoy el pensamiento de izquierda latinoamericano está dividido en dos grandes grupos: quienes reconocen el devenir de la Revolución Bolivariana como un proceso de fuerte empoderamiento popular y un avance significativo en la construcción de una nueva sociedad, y aquellos que, por diferentes razones, no ven allí más cambio que un relativo reformismo destinado a terminar en un nuevo fracaso capitalista.

Nuestro entrevistado forma parte del primero. Y sigue con entusiasmo lo que pasa también en otros dos países de la región que, además de la eterna Cuba, experimentaron un rumbo distinto y fundaron una nueva concepción del Estado: Ecuador y Bolivia. Es debido a la trascendencia que otorga al ciclo iniciado por Hugo Chávez Frías, que Borón ha venido insistiendo con creces en el rol fundamental que cumple la geopolítica a la hora de pensar(nos) en América Latina. Y, sobre todo, en la vertiente que analiza las aspiraciones de Washington para la región: la geopolítica imperial.

Tomando en cuenta esto, y porque hacerle preguntas teóricas a alguien que sabe mucho es difícil y a veces hasta repetitivo, me pareció interesante escuchar la opinión de nuestro politólogo sobre ciertos temas concretos. La propuesta fue empezar por lo más chiquito, por casa, para luego salir a dar una vuelta por el vecindario e ir agregando así algunas capas de sentido a la cebolla política mundial.

El objetivo no puede ni pretende ser totalizador; es solo una de las infinitas formas posibles de dirigir la mirada. Tal vez, en la intersección entre lo familiar y aquello otro que parecía tan lejos pero hoy está más cerca que nunca, podemos diluir un poco la opacidad posmoderna, neoliberal y mediática que nos envuelve, y encontrar algunas certezas que guíen nuestro camino de homos politicus.

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“Cambiemos no es un fenómeno superficial y revela un proceso de cambio muy fuerte en la sociedad en donde también aparecen tipos que se repolitizan por derecha. No tenemos que subestimar ese factor”.
Mauricio Macri ganó los comicios presidenciales de la Argentina. ¿Cuáles creés que son las causas principales de su victoria?

Yo creo que no ganó Mauricio Macri, creo que perdió el Frente Para la Victoria (FPV). Son dos cosas diferentes. Perdió el FPV por una serie de problemas de arrastre en el manejo económico que generaron muchísimo más malestar de lo que la gente del gobierno pensaba. Sobre todo el tema inflación: lo he podido palpar en entrevistas que hice en barrios pobres de Florencio Varela y José C. Paz, donde la gente se quejaba de los aumentos de todos los días. La aplicación del impuesto a las ganancias, que no afectó a Macri, a la Michetti, a los ricos de este país, sino a sectores de capas medias y capas medias bajas, que habían sido uno de los bastiones electorales del kirchnerismo. El tema cambiario también se podría haber evitado: al gran capital no le importa el cepo, pero a la gente joven que estaba ahorrando doscientos o trescientos dólares al mes para comprarse un autito o para poner la base para un departamento, la perjudicó mucho. Y, sobre eso, una pésima campaña electoral.

¿En qué sentido pésima?

Fue probablemente la peor campaña que he visto en treinta y dos años de democracia: amateur, sin imaginación, antigua, con consignas que solo tenían cierto significado para gente de 65 o 70 años para arriba: si vas a una villa y le decís a un pibe de veinte años «Patria o Macri» no sabe de lo que le estás hablando. Una fórmula carente de capacidad de captación de votos por fuera del núcleo duro, con lo cual las posibilidades de crecimiento quedaron muy acotadas. El estilo con que se desempeñó la campaña el primer mes y medio, muy marcado por la presencia de Cristina y, por lo tanto, con un Macri muy a la defensiva. Toda una serie de elementos que hicieron que Scioli no pudiera superar el famoso 40% y sacar diez puntos de ventaja. Y si levantó un poco fue debido a la gente que veía que esto podía terminar muy mal, que salió a militar por su cuenta, inorgánicamente pero con mucho entusiasmo, y le dio doce puntos adicionales, sin que se hubieran movido el FPV ni La Cámpora, ni Unidos y Organizados, que demostraron que como aparatos electorales no sirven para nada.

En cuanto a la «batalla de ideas» durante el kirchnerismo, ¿pensás que la repolitización que hubo de la sociedad puede impulsar un nuevo consenso hacia la izquierda o toda la discusión política que hubo va a quedar contenida dentro del peronismo?

La repolitización fue un fenómeno que ocurrió al margen de las iniciativas gubernamentales y las desbordó por completo. Tiene que ver con dos cosas que ocurrieron en el 2010, el Bicentenario y la muerte de Néstor, que precipitaron un fenómeno absolutamente inesperado; la prueba está en que no hubo estructuras capaces de contenerlo. Y creo que de ninguna manera se va a quedar en los márgenes del peronismo. Ha rebasado todo eso y está en otros sectores de la izquierda, pero también en la derecha: Cambiemos no es un fenómeno superficial y revela un proceso de cambio muy fuerte en la sociedad en donde también aparecen tipos que se repolitizan por derecha. No tenemos que subestimar ese factor.

¿Por qué te parece que en estos quince años lo “más a la izquierda” que encontró la Argentina fue una reversión del peronismo, mientras que en otros países de la región hubo procesos que llevaron al poder a una izquierda por primera vez?

Porque el peronismo —el populismo— en la Argentina es un fenómeno que tuvo una raíz de masas muy fuerte y tuvo un impacto redistributivo muy significativo. Algunos autores, como Perry Anderson, dicen que el primer peronismo constituyó el impacto redistributivo más grande de América Latina antes de la Revolución Cubana. Eso dejó una memoria fuertemente instalada en las capas populares, una experiencia mucho más marcada que la que hubo, por ejemplo, en Brasil. Siempre pongo una ilustración que es real: hace ya unos años, hablando con unos amigos en Río de Janeiro, yo planteaba la profundidad del fenómeno populista en la Argentina y les propuse visitar una favela para ver qué pasaba con Vargas. Fuimos y les preguntamos a unos chicos que estaban jugando: “¿Vargas? Sí, sí, el volante colombiano del Flamengo”, respondieron. Acá les preguntás a unos pibes de diez o doce años quién es Perón y no te van a decir que es el volante colombiano de Boca; te dicen que fue un presidente. El peronismo es un fenómeno tan abarcador, tan profundo como experiencia histórica, que indudablemente el cambio tenía que pasar por ese lado. Pero ahí tropieza con ciertos límites.

“No hay que caer en pesimismos ni en derrotismos: la vida política tiene ciclos, la lucha de clases tiene ciclos. En un escenario internacional tan cambiante de repente podés tener un nuevo giro y quién sabe lo que pasa de acá a dos o tres años. Pero este es un momento malo, es el peor momento de los últimos quince años, sin la menor duda”.
¿Qué límites?

Límites que no se superan y que no se superaron siquiera con el kirchnerismo. Más que límites, contradicciones: una Asignación Universal por Hijo y un acuerdo secreto con la Chevron; un régimen jubilatorio universal que es digno de todo aplauso, y al mismo tiempo vía libre para la Monsanto y el transgénico. Las clásicas contradicciones del peronismo que en un momento determinado llevan a su derrota. Como en las elecciones actuales.

Desde una perspectiva geopolítica y antiimperialista, ¿cuáles te pareces que fueron los principales avances y retrocesos del kirchnerismo?

Yo creo que hubo avances muy significativos. La participación del kirchnerismo en la derrota del ALCA fue fundamental. Chávez fue el gran líder de ese proceso, pero no se hubiera concretado sin la colaboración activa, militante, y decidida, que le ofertó Néstor Kirchner para hacer en Mar del Plata todo lo que hizo, tanto en la cumbre de presidentes como en la cumbre de los movimientos. A partir de ahí, Argentina se embarcó en una política latinoamericana muy interesante de apoyo a estos procesos emancipatorios y, al mismo tiempo, de redefinición de los vínculos tradicionales con Europa y con Estados Unidos.

¿De mayor distancia?

La mala relación con Estados Unidos no es cosa del kirchnerismo. Viene por lo menos desde 1889, cuando en la conferencia panamericana de Washington los norteamericanos quisieron intentar un primer ALCA —la Unión Monetaria Internacional Americana— y Roque Sáenz Peña, en representación del gobierno argentino, hizo fracasar ese intento. La mala onda viene de muy lejos. Ahora la van a querer arreglar con Macri, pero son más bien declaraciones a las que no les veo demasiado futuro, aunque habría que tener un poquito de cuidado. Y Europa es un continente que nunca se ha caracterizado por su generosidad, más bien lo contrario. Así que la apertura que se hizo hacia China, hacia Rusia y hacia algunos países africanos estuvo bien. Creo que la política exterior es una de las áreas del gobierno donde el balance es más positivo.

La victoria de Macri evidencia un creciente desequilibro del mapa político regional en favor de la derecha pronorteamericana. ¿Llegó el fin del ciclo progresista, tal como plantea Raúl Zibechi?

Yo no creo que se haya llegado a un fin de ciclo; sí creo que Estados Unidos está redoblando la apuesta para acabar con todos estos gobiernos. El triunfo de Macri es un golpe muy fuerte para el proceso político latinoamericano porque le otorga a Washington un ladero en su iniciativa, que tiene como punto de referencia fundamental a Álvaro Uribe en Colombia. Necesitaban un socio en Argentina o Brasil, los países con más gravitación en Sudamérica, y ahora lo encontraron. Es una modificación del cuadro político que va a tener una gran repercusión, pero no creo que se pueda hablar, pese a eso, de un fin de ciclo.

¿Por qué?

Por empezar hay elecciones en Venezuela para la Asamblea Nacional, y aunque el gobierno de Maduro salga perdiendo no significa el fin del gobierno bolivariano. Por lo menos si nos atenemos a la ley; si hay un proceso de sedición o una invasión por parte del Comando Sur, eso es otra historia. En Bolivia, Evo tiene mandato hasta el 2019 y se está jugando la posibilidad de una nueva reelección. Correa sigue hasta el 2017 y mantiene una enorme popularidad.

Zibechi argumenta que estos progresismos están basados en un modelo extractivista que redistribuyó recursos pero no consolidó transformaciones permanentes, y por eso tarde o temprano van a caer…

Pero él se equivoca en dos cuestiones. Cuando habla del extractivismo, ¿qué sugiere a cambio? ¿Qué Evo Morales deje todo el litio bajo tierra y no lo aproveche? ¿Que Correa no saque el petróleo? Me parecen muy irresponsables estas críticas. Yo admito que se pueda hacer una crítica, pero si al mismo tiempo no me dicen de qué voy a vivir, no es seria. Y desgraciadamente ni él, ni Acosta, ni Gudynas, ni todos los que baten el parche del extractivismo, te dicen cómo vas a vivir. Yo estoy en contra de la gran minería a cielo abierto, pero de alguna manera hace falta aprovechar los recursos que tenemos en nuestros países. Es muy fácil decir “no a la minería”, pero quien lo dice normalmente es un señor o una señorita que vive en un lindo departamento con aire acondicionado, con todos los artículos derivados de la minería de hace cien años instalados en su domicilio. Yo quiero meterlos en un rancho en las afueras de Caracas o de Quito, a ver qué significa el “no a la minería”: que la gente siga teniendo una casa de cartón, que no tenga cañerías de agua potable. No son serias esas críticas.

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¿Qué te parece que va a suceder, en este nuevo marco, con los organismos regionales autónomos como la CELAC y la UNASUR?

Son organismos que desgraciadamente van a sufrir. Con un gobierno argentino con el signo político que tiene Macri, con la debilidad actual del gobierno brasileño, que además siempre tuvo grandes dudas —Brasil osciló entre su apoyo a los procesos latinoamericanistas y la idea absurda de que solo puede, cuando está la prueba de que solo no puede—, esos organismos van a pasar un mal rato, porque les quedan países débiles como soporte. La sede de la UNASUR está en Ecuador, su primer secretario fue Néstor Kirchner. Néstor murió y la Argentina en los últimos años no ha apoyado financieramente a la UNASUR como debiera haberla apoyado: mucho discurso, mucho relato, pero como decía el gaucho, “el poncho no aparece”. No puede ser que la UNASUR esté sostenida por el esfuerzo de un pequeño país como es Ecuador. Yo le veo un futuro medio complicado. No hay que caer en pesimismos ni en derrotismos: la vida política tiene ciclos, la lucha de clases tiene ciclos. En un escenario internacional tan cambiante de repente podés tener un nuevo giro y quién sabe lo que pasa de acá a dos o tres años. Pero este es un momento malo, es el peor momento de los últimos quince años, sin la menor duda.

“Quiero decir que las elecciones en Venezuela, según el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, tienen un nivel de transparencia, confiabilidad y honestidad superior a las de los Estados Unidos”.
El 6 de diciembre hay elecciones legislativas en Venezuela. ¿Qué podemos esperar de ese proceso?

Primero quiero decir que las elecciones en Venezuela, según el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, tienen un nivel de transparencia, confiabilidad y honestidad superior a las de los Estados Unidos. Segundo, creo que van a resultar un golpe para el gobierno bolivariano, porque toda esta guerra económica, esta campaña de desestabilización y desprestigio, unida a los errores propios del gobierno, va a reflejarse muy claramente en una porción de votos a favor de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que puede ser muy grande. En función de que todavía Venezuela maneja el viejo régimen electoral de la Cuarta República, tal vez eso no se traduce en una gran derrota desde el punto de vista de los asientos parlamentarios: aunque tengas una derrota en el voto popular, si ganás la mayoría de los distritos chicos, compensás. Pero cualquiera sea el resultado, gane el gobierno o gane la oposición, creo que desgraciadamente se viene una nueva ola de violencia.

¿Por qué esa violencia es independiente del resultado electoral?

Porque si gana la oposición esa gente va a pedir la salida de Maduro ya, va a volver con el famoso programa “La Salida”. Y si gana el gobierno, la oposición va  a salir a quemar todo y a decir que hubo fraude. Mucho me temo lo que puede pasar en Venezuela después del 6 de diciembre. Ojalá que me equivoque, porque si eso llega a estallar va a ser un proceso muy violento.

Pero entonces, ¿qué solución le ves a la crisis?

Yo creo que no hay mucha salida porque hay un actor que no quiere una salida pacífica. Un actor que confía en la presión internacional, en el sabotaje, en el desabastecimiento programado, que promueve, por ejemplo, una hipótesis de invasión a Venezuela. El jefe del Comando Sur lo dijo: “Estamos preparados para intervenir militarmente si los sufrimientos de la población pasan los límites de lo tolerable”. Cuando vos tenés un actor que juega las partes de esa manera… no hay forma. La solución política pasa por la voluntad de ambas partes de resolver pacíficamente la situación. La derecha venezolana lo que quiere es que se acabe el gobierno de Maduro ya, contando para ello con el apoyo de los grupos de poder de los Estados Unidos. Porque Venezuela es una presa muy codiciada. Es la mayor reserva petrolera del mundo y la tienen a tres días de navegación. El otro petróleo viene del Golfo Pérsico y demora cuarenta días; este lo tienen a tres días y creen que es de ellos, así que van a ir a buscarlo.

“El conflicto tiene que ver, sin ninguna duda, con los desaciertos de la política de Occidente. Medio Oriente ha sido territorio de todas las grandes potencias coloniales europeas, y esas potencias actuaron con una absoluta irresponsabilidad, destruyendo y creando nuevos países a partir de un dibujo que se hacía en un plano”.
El crecimiento de la presencia de China a la que recurrieron algunos gobiernos para conseguir financiamiento, ¿no es una nueva y silenciosa hipoteca de la soberanía latinoamericana que puede constituir, en el medio plazo, otro riesgo militar?

En la última reunión de jefes y jefas de Estado del Mercosur eso lo planteó el “Pepe” Mujica, diciendo que el brazo de China venía a estrangularnos. Cristina le retrucó que venía a darnos un abrazo fraterno. Más allá de las palabras, yo coincido con ella. La idea de que China viene a apoderarse de América Latina no es correcta. Es un país grande que necesita muchos recursos pero no tiene una sola base militar en América Latina. Lo que tenés son supermercados. Y no es lo mismo lidiar con una potencia que tiene supermercados que con otra que tiene ochenta bases. China nos permite a nosotros tener una serie de ventajas en materia de comercio exterior. Argentina incluso logró hacer una buena negociación y una parte de la soja que les vendemos pasa como un producto elaborado, con valor agregado acá. Entonces me parece que China es una buena oportunidad y dependerá de nosotros como la aprovechemos, pero es importante tener un socio comercial alternativo. Si el único que nos compra es Estados Unidos estamos en la lona.

Pasemos al otro lado del charco. Los movimientos europeos más interesantes de los últimos años, Syriza y Podemos, perdieron la batalla principal o disminuyeron el porcentaje de intención de voto. ¿Se agotó la posibilidad de cambio que había surgido en Europa?

Se agotó, pero por ahora. Hubo una experiencia muy traumática, un escarmiento bestial en Grecia, entonces no es raro que haya habido un reflujo de esos movimientos. Pasó algo que nadie imaginaba que podía pasar. Que en un referendo el 62% del pueblo diga no al ajuste que propone la Troika, y a la semana siguiente el dirigente vaya a Bruselas y lo obliguen a hacer exactamente lo contrario de lo que él quería y de lo que el pueblo votó, es una señal de que la democracia es cosa del pasado. Pensar en democracia es pensar en una categoría histórica que no tiene vigencia real hoy en Europa. Lo mismo está pasando preventivamente en España. A Podemos le costó mucho romper el cerco mediático. Los medios de prensa están jugando un papel nefasto en todo el mundo, como grandes voceros de la derecha más reaccionaria. Mis amigos españoles de Podemos me cuentan que no pueden siquiera mencionar a Chávez o a Venezuela, porque en seguida los acusan de chavistas, dictadores, sediciosos.

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En Medio Oriente también están pasando muchas cosas nuevas. ¿Por qué te parece que las potencias occidentales pactaron con Irán para el desarrollo de su programa nuclear pacífico? 

Lo que pasó fue simplemente que las acusaciones de Estados Unidos no tenían ningún fundamento, como suele ocurrir. Se llamó a una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania, porque Alemania había desarrollado el programa nuclear iraní desde la época anterior a la Revolución Islámica. Fueron a Irán los técnicos alemanes y ellos confirmaron efectivamente que ese programa no tenía ninguna posibilidad de convertirse en un programa de carácter militar tendiente a crear un armamento nuclear. La única potencia que tiene armas de destrucción masiva ahí es Israel. Lo que pasa es que en el camino se cometieron muchos errores y muchas tropelías, como por ejemplo armar al Estado Islámico para destruir al gobierno de Al-Assad en Siria, el único aliado importante de Irán en la región. Cuando Estados Unidos recompone relaciones con Irán, estos mercenarios siguen actuando por su cuenta y se convierten en un ejército irregular, mafioso, delincuencial, que roba petróleo y antigüedades de Irak y de Siria, se financia con más de mil millones de dólares al año —algunos dicen más de dos mil millones—, y que hoy en día tiene sobre ascuas a todo Medio Oriente. Hillary Clinton dijo: «Nos equivocamos al ayudar a esa gente». Bueno, ya van tres veces: se equivocaron con Osama bin Laden, se equivocaron con Saddam Hussein y ahora se equivocan con estos criminales.

¿Qué rol creés entonces que jugará ahora Irán, tomando en cuenta que es un país bastante desarrollado y fuertemente antiimperialista?

Irán es un país muy importante, tiene más de ochenta millones de habitantes, un parque industrial muy significativo, un ejército muy bien entrenado, un staff de científicos de primer nivel. Creo que si se levantan las sanciones va a ser un factor de estabilización muy fuerte. Un Irán integrado plenamente al ámbito regional que es de su incumbencia, lejos de ser un factor de desestabilización puede significar inclusive un contrapeso a la barbarie de países como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, que apoyan al terrorismo. No es el caso de Irán: no hay evidencia en los últimos años de que apoye al terrorismo, ni siquiera de la época del 11 de septiembre. Ellos tuvieron su coqueteo con el terrorismo a principios de la Revolución Islámica, como respuesta a la agresión de Estados Unidos. No es un país que nace terrorista, sino que acude equivocada e imperdonablemente —hay que entender, explicar, no justificar— con casos como la voladura del avión de Pan Am, pero luego abandona definitivamente esa línea hace más de treinta años. Los que están en la línea terrorista ahora son los aliados de Estados Unidos en la región: Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, Yemen y también Israel. Según dice Edward Snowden, el topo del Consejo de Seguridad Nacional, fueron el MOSSAD el MI-5 y la CIA quienes armaron a este grupo de fundamentalistas sunitas en Siria. Y ahora no saben qué hacer con ellos.

“Lo único que podemos hacer es fortalecer nuestros mecanismos de interdependencia y de solidaridad internacional, nuestras instituciones regionales como la UNASUR y la CELAC. Es lo único que nos va a salvar”.
La crisis en Siria e Irak sigue creciendo y se suman nuevos países; hasta el papa habla de una Tercera Guerra Mundial en ciernes. ¿Hay que interpretarla dentro de la declinación de la hegemonía norteamericana a nivel planetario? 

El conflicto tiene que ver, sin ninguna duda, con los desaciertos de la política de Occidente. Medio Oriente ha sido territorio de todas las grandes potencias coloniales europeas, y esas potencias actuaron con una absoluta irresponsabilidad, destruyendo y creando nuevos países a partir de un dibujo que se hacía en un plano. Eso explica, por ejemplo, porqué hay un Kurdistán en Irak, otro en Siria y otro en Turquía, cuando en realidad era una sola nación y los tipos la dividieron según sus conveniencias. Todo esto hace que ese conflicto sea de muy difícil resolución. La belicosidad de Estados Unidos responde a la sensación de creciente debilidad en la arena internacional. Es un tema que hace muchos años denunciábamos desde la izquierda, y ahora en los mismos documentos oficiales del gobierno norteamericano se lee que el poderío que gozó en el pasado ya no se puede mantener. Incluso el más importante teórico estratega de los Estados Unidos, Zbigniew Brzezinski, empieza su libro más reciente, «Visión estratégica: Estados Unidos y la crisis del poder global», con un capítulo dedicado a «la declinante longevidad de los imperios». Es una confesión impresionante. Los documentos del Pentágono que yo cito en mi libro “América Latina en la geopolítica del imperialismo” dicen que nos esperan treinta años de guerras; no para conquistar nuevas influencias, sino para mantener las que existen.

¿Cuál es la consecuencia inmediata para América Latina de esta situación?

América Latina pasa a ser muy importante porque es la gran reserva estratégica. Ahí las tesis del Che y de Fidel son absolutas: cada vez que Washington está con problemas en el sistema internacional —Vietnam, Medio Oriente o dónde sea—, lo que procura es hacerse fuerte en su área tradicional de dominación. América Latina es su reserva de agua, petróleo, y recursos naturales. Es la gran isla americana, un espacio al margen de Europa y de África que se puede defender de manera más cabal en la medida en que haya gobiernos obedientes; por eso la preocupación por acabar con esos gobiernos díscolos en relación a los dictados del imperio.

Si el fin de la hegemonía norteamericana en pos de un mundo multipolar es un proceso inevitable, ¿qué papel te parece que debe cumplir nuestra región en esa transición?

Lo único que podemos hacer es fortalecer nuestros mecanismos de interdependencia y de solidaridad internacional, nuestras instituciones regionales como la UNASUR y la CELAC. Es lo único que nos va a salvar. En ese contexto de declinante hegemonía y de creciente belicosidad —por eso las ochenta bases—, la única manera es por vía de la integración política. Y al mismo tiempo, mediante esa solidaridad general, establecer con otros países como China, Rusia, la India, Irán, los BRICS, un acuerdo que permita equilibrar el peso tan descomunal que tiene Estados Unidos y que en América Latina se siente con más fuerza que nunca.

De mancos y mudos

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Argentina define por derecha a su próximo presidente. Sin embargo, los grises permiten pensar la coyuntura en un marco más general y más allá del simplismo votoblanquista. El silencio y la palabra en disputa ante una elección histórica.

Por Federico Aime

¿Los argentinos recuperamos la fe? Mejor dicho: ¿no nos queda más que la fe? Pareciera que hasta los muertos se sorprendieron y que la fiebre amarilla revivió a más de uno, pero también que más de uno de los que creíamos vivos se transformó en un walking dead de la noche a la mañana. Lo que sí está claro es que tanto quienes bancan a Daniel como los que siguen a Mauricio se sorprendieron, y hay todavía un no sé qué dando vueltas por el aire, un clima coyuntural, una sensación de época. El sociólogo galés Raymond Williams lo llamaría la estructura del sentimiento, la pulsión colectiva, la magia de la historia; eso que de la nada nos vuelve a todos protagonistas.

“Hay todavía un no sé qué dando vueltas por el aire, un clima coyuntural, una sensación de época. El sociólogo galés Raymond Williams la llamaría la estructura del sentimiento, la pulsión colectiva, la magia de la historia”.

No hubo encuestas que dieran en el blanco —hace varias elecciones que insisten en no dar en nada— ni analistas políticos capaces de prever lo que pasó, y esto ha descolocado a varios pero en especial al oficialismo, que casi sin darse cuenta perdió terreno a la hora de marcar la agenda de cara al balotaje y a la nueva etapa política, con los propios y con los extraños. Quedan como siempre los milagros de campaña y la posibilidad de que la contingencia vuelva a florecer para derribar las nuevas tendencias de los votos, que al parecer hoy solo son ganables por derecha.

La agenda es como el anillo para Smeagol: todos la quieren y la quieren bien instalada en la sociedad, porque la disputa por el sentido es una de las luchas que más fuerza cobró durante la hiperrelatada década kirchnerista. La Argentina de estos años atravesó varios debates importantes que definieron caminos, y también restableció algunos de los pisos de conciencia que el proyecto neoliberal había derrumbado mediante su apuesta ideológica iniciada con la dictadura del 76. “El silencio es salud”, se decía en ese entonces y parece repetirse hoy entre los conservadores: la ausencia de discusiones es para ellos la mejor forma de mantener la armonía. Que no haya crispación, que no se diga nada ni se ponga sobre la mesa ningún malestar; al fin y al cabo lo que toda buena familia necesita es la unidad, no importa si la misma se logra a costa del silencio. Total, después pagamos la sesión del psicólogo y ahí donde ya nadie nos escucha podemos decir todo lo que nos molesta sin decírselo a los demás. Ni a los nuestros, ni a los otros, ni a los que están en el medio.

Volvamos a ser la “Santa Argentina” de la mano del mutismo, dicen.

“Si uno prende la televisión y pone, por ejemplo, Canal Trece, lo único que se escucha es un “discurso del silencio”. Es la forma que han elegido los grupos económicos concentrados para volver a la carga”.
¿El fin de las confrontaciones?

Desde sus trincheras en los medios de comunicación hegemónicos, el poder real viene argumentando que el kirchnerismo instaló una campaña del miedo. Cualquier argumento, pensamiento, cualquier mínima demostración de análisis o inteligencia, ya sea individual o colectiva, es una actitud ofensiva que forma parte de esa campaña del miedo. Hay que decir que esto no es nada nuevo: en su recorrido histórico la derecha jamás se destacó como un sector tolerante. Baste corroborar que es la primera vez que tiene posibilidades concretas de ser gobierno sin recurrir a los fraudes, como en la época del unicato y los Rocas —el prócer favorito de Mauricio—, ni golpear las puertas de los cuarteles militares. Asusta un poco cómo, de pronto, el bloque reaccionario y conservador quiere autoproclamarse “demócrata del siglo”, un verdadero absurdo, un grotesco del que Macri no tiene miedo de ser protagonista. Y todo ello mientras se evita un debate serio sobre las consecuencias de un posible gobierno de Cambiemos o sobre lo que realmente necesita la Argentina para resolver sus asignaturas pendientes.

Se supone que una campaña de balotaje la hacen dos candidatos que representan a distintas porciones de la sociedad. Se supone también que entre ellos deben discutir propuestas, ideas y políticas, para mostrar en qué se diferencian sus proyectos. Lo increíble, sin embargo, es que si uno prende la televisión y pone, por ejemplo, Canal Trece, lo único que se escucha es un “discurso del silencio”. Es la forma que han elegido los grupos económicos concentrados para volver a la carga. Al fin de cuentas esto tampoco es tan raro: ellos también han sido, históricamente, los promotores mundiales del amordazamiento de los pueblos.

Y mientras desde sus pantallas acusan campañas del miedo —si no estuviéramos atravesando una instancia tan importante, Lilita prediciendo magnicidios sería un buen chiste—, continúan apostando al odio como elemento movilizador de la nueva derecha democrática.

“Es muy cómodo correrse, como hacen el FIT y algunos otros grupos pequeñísimos que se dicen de izquierda: su capacidad para no formar parte de ninguna decisión de trascendencia histórica es impecable”.
La izquierda en la torre de cristal

Desde lo alto de una torre algunos dicen que pueden ver más que lo que otros ven desde el piso; parece que desde las alturas unos pocos iluminados entienden eso que la gran mayoría no.

Es muy cómodo correrse, como hacen el FIT y algunos otros grupos pequeñísimos que se dicen de izquierda: su capacidad para no formar parte de ninguna decisión de trascendencia histórica es impecable. Hasta acá uno podría no sorprenderse: la incapacidad de estos sectores para cambiar el marco de análisis que usan desde hace más de cien años es algo que los distingue. Como si la historia después de Trotsky y Lenin no hubiera seguido, como si el mundo no hubiera cambiado nunca y fuese una fruta que está al sol pero jamás se pudre; una fruta de porcelana que sigue allí sin que nadie la toque o la coma o quiera cambiarla de lugar.

Pero la cosa no termina ahí. Porque podrían haberse limitado a llamar a votar en blanco en aras de mantener su conciencia en paz, mientras le echan en cara al resto —algo así como el 97% de la sociedad— que están equivocados. Y sin embargo optaron deliberadamente por hacer una fuerte campaña antikirchnerista, que poco y nada advierte de las graves consecuencias que acarrearía el acceso al poder de Mauricio Macri. Será que piensan que mientras peor mejor, será que no han aprendido nada del 2001, ni del 89. Ver a Del Caño pidiendo a la Justicia fiscales para controlar el voto el blanco es tan caricaturesco que uno podría pensar que volvió Cha Cha Cha pero en versión trotskysta. Será que quieren cuidar los votos del Frente Renovador y de los progresistas, no vaya a ser que se los robe el peronismo.

Mientras tanto, el resto de la sociedad define la historia.

“Mientras que el silencio es la marca del imperio, la garantía de los pueblos es la posibilidad de la palabra”.
Contra el silencio

Así las cosas, lo que hoy está en juego son las ideas, las diferentes lecturas sobre el mundo y las voces que lo habitan. Las cosas que se dicen, eso que no se puede callar. El crecimiento de la derecha en una forma democrática demuestra que existen ciertos límites que hemos sabido establecer: la cancha está marcada con la impronta del siglo XXI y por la emergencia de procesos populares en todo el continente. Un avance del neoliberalismo implicaría retroceder en cuanto a derechos conquistados como pueblo y soberanía recuperada como naciones, no solo a nivel económico sino principalmente como proyecto ideológico y cultural: mientras que el silencio es la marca del imperio, la garantía de los pueblos es la posibilidad de la palabra.

En estos momentos en que el poder real coloca el grito en el cielo ante una supuesta falta de libertad de expresión, es fundamental comprender que su gran avanzada sí pone verdaderamente en riesgo nuestras voces todas, esas que pidieron y todavía piden por una sociedad más justa y digna de ser vivida. Aquellas que luchan, como diría el compañero Agustín Tosco, por una Argentina “para que todos juntos, trabajadores, estudiantes, hombres de todas las ideologías, de todas las religiones, con nuestras diferencias lógicas, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su Compañero y su Hermano”.

Hoy me invade la enorme pena de ver al engaño vestirse de alegría, y de descubrir que nuestro más grande problema como pueblo es, otra vez, confundir al lobo con Caperucita, en esta ocasión cubierta con una capa amarilla. ¿Y el futuro?, preguntarán algunos. El futuro queda siempre por definirse: nuestro proceso está atado a muchos otros, y el mundo que habitamos sigue plagado de conflictos pero también de resistencias. Será nuestra más importante tarea defender lo conquistado y avanzar sobre las cuentas pendientes.